Noticia compartida
Alejandra María Sosa Elízaga*
¿No te ha pasado que tienes una noticia que te alegra tanto que sientes necesidad de compartirla y se la dices a la primera persona con la que te topas?
Y así, a la menor provocación, le haces plática al dependiente de la tienda, al chofer del taxi, a quien se te sentó junto en el camión, a quien sea, y le sueltas que te vas a casar, que nació tu primer hijo o nieto, que por fin conseguiste chamba, que te dieron de alta o cualquier otra cosa buena que acaba de sucederte.
Y quizá tu interlocutor se te queda viendo con cara de ‘y a mí ¿qué?’, pero estás tan feliz que no te importa.
Claro que lo mejor es compartir la noticia con alguien que sabes que está deseando oírla y que alegrará tanto como tú. Ejemplo de esto es lo que nos narra el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 4, 5-42).
Jesús llegó a un poblado, y mientras Sus discípulos se iban a comprar comida, se sentó en el borde de un pozo. Por lo que sucedió se puede deducir que Él estaba ya dispuesto a revelar Su identidad, a dar a conocer que era el Mesías enviado a salvar a Su pueblo.
Es pues significativo que se sentara allí, como esperando comunicar Su noticia a alguien que tuviera sed, pero no sólo de agua, sino de salvación, alguien que necesitara oírla, alguien que verdaderamente se alegrara al conocerla.
Dice san Juan que era mediodía. Eso significa, por una parte la hora del máximo calor, donde se experimenta la mayor sed, la mayor necesidad de beber del manantial de agua viva que Jesús vino a ofrecer.
Y también la hora en que ilumina con toda su fuerza el sol y no hay sombras. Vienen a la mente las palabras de Zacarías: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79).
Llegó entonces al pozo una mujer que vivía así, en sombras. Si se hubiera realizado una encuesta preguntando quién se hubiera considerado digno de ser el primero al que Jesús revelara que era el Mesías, ella no hubiera encabezado la lista de preferencias.
Era samaritana, es decir, de un pueblo que estaba enemistado con los judíos; era mujer, en un tiempo en que no contaban los testimonios femeninos, y era pecadora y probablemente la comidilla del lugar, pues había tenido muchos maridos y ahora tenía un amante con el que estaba viviendo.
Sin embargo Jesús la consideró la candidata ideal. ¿Por qué? Porque conocía que ella estaba muy sedienta, pero no sólo de agua, sino de algo que sacie ese anhelo interior, esa ansia de felicidad que la había llevado a buscarla inútilmente y, en su búsqueda, equivocar rotundamente el camino (decía San Agustín: ‘busca lo que buscas, pero no donde lo buscas’).
Y así, cuando ella se disponía a sacar agua, Él se dirigió a ella con una petición inesperada: “Dame de beber”.
Conmueve que el Señor se aproxima siempre a nosotros sin exigir, sin avasallar, vulnerable, necesitado de lo que le podamos dar. Él es el manantial de agua viva y la mujer llevaba tan sólo un cántaro, y cabe pensar que no muy grande, para poder cargarlo lleno, y de ese cántaro pidió Jesús beber. El Señor se pone siempre a nuestro nivel, acepta nuestra pequeñez, lo poco que podemos ofrecerle. Él que es el Amor, se conforma con recibir el amor que brota de nuestro pequeño corazón; Él que es la Bondad, se alegra cuando hacemos aunque sea una insignificante obra buena; Él que nos lo da todo, se pone feliz cuando le damos algo, aunque sea pequeño.
La petición del Señor inició un diálogo que Él aprovechó para revelarle que era el Mesías. La noticia debió haberla estremecido, no sólo por conocer al esperado Enviado de Dios, sino porque Él se dignó dirigirle la palabra, la trató con respeto, la miró con misericordia.
Ahora ¡era ella la que tenía un notición que no podía guardarse!, y corrió al pueblo a compartirlo, y fue tal su testimonio que movió a todos a ir a comprobar por sí mismos lo que les anunció.
En este Tercer Domingo de Cuaresma, llega oportuna la Palabra a despertar nuestra sed, a revelarnos Quién es el Único que puede saciarla, a invitarnos a acudir a Él y a llamar a otros, a invitarlos a presentarle sus cántaros vacíos, con la certeza de que sólo Su manantial de agua viva puede llenarlos.
(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 56, disponible en Amazon).

y los envió por delante...