Perdón de Dios
Alejandra María Sosa Elízaga*
Si una persona hace algo malo y se arrepiente y le pide perdón a Dios, ¿cómo puede tener la absoluta certeza de que Dios de veras la ha perdonado?, ¿cómo puede saber que en realidad recibió el perdón y no solamente se lo imaginó?, ¿cómo puede estar totalmente segura de que puede olvidarse ya de ese pecado cometido y que éste no reaparecerá algún día marcado con rojo en una especie de 'lista negra' del 'buró celestial' como deuda todavía pendiente de un pecador irremediablemente condenado por 'moroso'?
En este Segundo Domingo de Pascua, Fiesta de la Divina Misericordia, el Evangelio que se proclama en Misa (ver Jn 20, 19-31) ofrece una respuesta.
En él nos cuenta san Juan que al anochecer del día de la Resurrección, Jesús les concedió a Sus Discípulos el poder de perdonar los pecados; en otras palabras, nos narra el momento feliz en que Jesús instituyó lo que conocemos como el Sacramento de la Reconciliación o Confesión.
Para comprender cómo este Evangelio responde la interrogante planteada al principio, revisemos cinco aspectos:
1. Cabe empezar por hacer notar que Jesús no sólo da a Sus Apóstoles la capacidad de perdonar 'ofensas', algo que podría hacer cualquiera, sino 'pecados', algo que sólo puede hacer Dios. Por eso el confesor no los perdona por su propio poder, sino con el poder que recibe de Dios.
2. Sorprende que Jesús esté dispuesto a otorgar semejante poder a unos hombres simples y débiles. Fíjate en qué momento se les apareció: cuando estaban muertos de miedo, encerrados a piedra y lodo. A estos miedosos, que no han entendido nada, que están bien lejos de ser súper-apóstoles o santos, les regala el Señor un don extraordinario e inmerecido. ¿Por qué? Entre otras razones quizá porque al Señor le gusta poner tesoros en vasijas de barro, y ¡qué bueno que así sea! Quienes dicen: '¿yo por qué tengo que ir a confesarme con un confesor que es igual o peor de pecador que yo?’, deberían, en lugar de reclamar, ¡estar agradecidos! El hecho de que el confesor tenga miserias, le permite comprender y compadecerse de otros iguales a él. Si fuera perfecto quizá sería duro y justiciero, exigiendo a todos una perfección imposible de alcanzar.
3. Junto con la capacidad de perdonar pecados Jesús no les da la a Sus Apóstoles la capacidad de adivinarlos. Así pues, ¿cómo se suponía que sabrían cuáles pecados perdonar y cuáles no? ¿Tendrían que echar un volado?, ¿un 'de tin marín'?, ¿tomar un curso de telepatía por correspondencia? Nada de eso. Sólo tendrían que escucharlos. Así de simple.
¿Por qué organizó así las cosas Jesús? ¿Para darles a los confesores, como algunos sospechan, un gran poder sobre la gente al enterarse de sus secretos? No, qué disparate. Lo hizo, como todo lo que hace, para asegurarse de que el pecador obtuviera algo maravillosamente sanador: el poder desahogarse con otro ser humano y saber que éste jamás contará lo que le ha confesado.
Considera este ejemplo: una persona comete una infidelidad y se arrepiente. Si la confiesa a su cónyuge, quizá destruya su matrimonio, traume a su pareja, la haga sentirse devastada y terminen separándose. Si se la confiesa a una amistad se arriesga a que ésta lo divulgue; en cambio si la confiesa a un sacerdote tiene la seguridad de que todo quedará en secreto. Y no sólo eso, sino que además recibirá consejo, ayuda para reconstruirse interiormente y, junto con el perdón de Dios y de la Iglesia, una gracia sobrenatural, divina, que le ayudará a no volver a caer en aquello de lo que se confesó.
4. Es significativo que dos veces antes de otorgar a Sus Apóstoles la capacidad de perdonar los pecados, Jesús les comunica Su paz como un don que ellos reciben para compartirlo a su vez.
No se puede negar que éste es el primer fruto que se recibe al confesarse. Sólo quien ha hecho una buena confesión ha experimentado esa paz que no se parece a ninguna otra, mezcla de alegría y de alivio, de recibir un borrón y cuenta nueva, quitarse un peso de encima y, sobre todo, de saberse en renovada amistad con el Señor.
5. Por último hay que subrayar algo extraordinario: que Dios mismo permita que otros perdonen en Su nombre las ofensas que se han cometido contra Él.
Considera esto: si alguien te ofende gravemente, lo más probable es que quieras que esa persona te pida perdón a ti, no que otro la perdone por ti. Delegar esta capacidad es algo inaudito. ¿Por qué lo hace Jesús? Porque sabía que ya no estaría físicamente en este mundo como había estado hasta ese momento, y quiso dejar a Sus Apóstoles (y obviamente a los sucesores de aquéllos para que no todo terminara cuando murieran), la capacidad de perdonar en Su nombre para que los seres humanos de todo tiempo y lugar pudiéramos recibir incesante, palpablemente y a raudales la misericordia divina.
He aquí pues la respuesta a la interrogante que se planteaba al inicio. ¿Cómo saber que de veras Dios te ha perdonado?
Lo sabes cuando acudes al Sacramento de la Reconciliación, instituido y otorgado por Cristo a Sus Apóstoles y a los sucesores de éstos, que se ha venido ejerciendo en la Iglesia Católica desde el inicio del cristianismo hasta nuestros días y así continuará hasta el fin del mundo.
Sólo cuando te confiesas y al final el confesor levanta su mano y lo escuchas darte la absolución y bendecirte en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, te inunda la consoladora seguridad de que Dios de veras te ha perdonado. Te desborda el gozo, la gratitud y la paz de sentirte hijo pródigo de un Padre misericordioso que sale siempre a encontrarte y a celebrar que regresaste a Sus brazos amorosos.
(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Caminar sobre las aguas”, Col. ‘La Palabra ilumina tu vida’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 73, disponible en Amazon).

y los envió por delante...