y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Dos frases

Alejandra María Sosa Elízaga*

Dos frases

¿Has sufrido alguna vez una decepción tan tremenda que es como un terremoto que derrumba tu ánimo y aquello en lo que tenías puesta tu seguridad y tu esperanza?

Es lo que seguramente sintieron los discípulos de Jesús, que tras dejarlo todo por Él, seguirlo a dondequiera que iba, poner en Él toda su confianza, lo vieron morir la muerte más atroz, pensaron que allí acababa todo y se sintieron absolutamente defraudados, devastados.

El Evangelio que se proclama este Tercer Domingo de Pascua en Misa (Lc 24, 13-35) nos habla de dos discípulos de Jesús, que iban caminando a la aldea de Emaús. Se trataba de Cleofás y de alguien de quien no se dice su nombre. El conocido padre Mike Schmitz, dice que solemos pensar que se trataba de dos hombres, pero que tal vez a Cleofás lo acompañaba la sra. Cleofás, que es mencionada en Jn 19, 25. Podría ser. Suena lógico que si Cleofás había decidido retomar su vida de antes de conocer a Jesús, lo acompañara su esposa. Pero no lo sabemos, y realmente no importa; lo que cuenta es que dice el Evangelio que Jesús se les emparejó en el camino, les preguntó de qué venían hablando tan llenos de tristeza, y ellos compartieron con Él su terrible desilusión porque creyeron hallar al que liberaría a su pueblo, pero murió crucificado. De lo que dijeron cabe destacar dos frases:

La primera frase es, “nosotros esperábamos”, y expresa lo que más anhelaban, en lo que habían puesto su corazón.

Probablemente nosotros también hemos usado esa frase para referirnos a algo que esperábamos con toda el alma: la curación de un ser querido; que un asunto se resolviera de cierto modo; que las cosas salieran como pensábamos.

La segunda frase empieza con un “sin embargo”,  al que le siguió el doloroso recuento de las razones de su decepción.

Probablemente nosotros también hemos usado esa frase al recordar el trancazo que nos dimos con una realidad que resultó muy distinta, incluso completamente opuesta, a lo que esperábamos: nuestro ser querido no se curó, sino falleció; el asunto no se resolvió como queríamos, las cosas no salieron como pensábamos.

Conocer lo que decían aquellos dos discípulos nos permite identificarnos con ellos, reconocer que se sentían como nos hemos sentido nosotros, pero no para quedarnos allí, atorados en la tristeza y frustración, sino para descubrir qué les sucedió después, porque eso mismo puede sucedernos a nosotros y es algo que lo cambia todo.

Jesús hizo por ellos tres cosas que sigue haciendo por nosotros:

La primera: acompañarlos. También a nosotros Jesús nos acompaña. Nunca nos deja solos, nunca nos abandona. Aunque no lo veamos, aunque no lo sintamos, aunque no lo reconozcamos, está siempre con nosotros.

La segunda: explicarles la Sagrada Escritura, explicarles cómo estaba ya anunciado lo que le ocurrió, y ayudarles a comprender su sentido. También a nosotros nos ilumina, nos consuela, nos exhorta, nos orienta con Su Palabra, que es lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero. En ella escuchamos siempre Su voz alentando nuestra fe y nuestra esperanza.

La tercera: alimentarlos con el Pan de Vida, la Eucaristía. Fue en ese momento cuando por fin lo reconocieron, y aunque se les desapareció, los dejó ya llenos de tal gozo que “se levantaron inmediatamente y regresaron a Jerusalén.” No les importó que fuera de noche, tenían prisa por compartir con los otros discípulos la gran noticia de que Jesús estaba Vivo, que en verdad había resucitado. También nosotros podemos tener así un encuentro con Jesús, Presente en la Sagrada Comunión, un encuentro que cambie nuestra perspectiva, que nos ayude a descubrir que aunque las cosas no salgan como planeamos y en nuestra vida todo parezca oscuro, nos acompaña Aquel que es Luz del mundo, capaz de derrotar toda tiniebla; Aquel que vence el mal y nos libra de la muerte, Aquel que prometió y cumplió, estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo; Aquel que hacer arder nuestro corazón, destierra nuestro miedo y nos rescata de todo desconsuelo.

Con Él a nuestro lado ya no decimos: ‘esperábamos’ seguido de un: ‘sin embargo’, pues tenemos la certeza de que en Él está nuestra esperanza y no quedaremos defraudados.

Publicado el domingo 19 de abril de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72