¿Ya te cansaste de rezar?
Alejandra María Sosa Elízaga*
Vivir en un mundo lleno de dispositivos que responden al instante a la orden que les damos nos ha malacostumbrado. Esperamos que todo sea instantáneo. Si le das clic a uno de tus chunches electrónicos y no pasa nada, de inmediato piensas que algo malo pasa, que ya se descompuso, que tiene virus, que qué lata tener que llevarlo a que lo revisen o tal vez comprar otro.
‘Escroleamos’ la pantalla buscando novedades, pero de las noticias sólo leemos el encabezado y pasamos de inmediato a la que sigue.
Este modo apresurado y superficial de interactuar con nuestro mundo se nos ha vuelto normal en la vida cotidiana, pero cuando lo trasladamos a la vida espiritual, específicamente a lo que se refiere a la oración, no funciona.
Mucha gente deja de orar porque ‘no ve resultados’. ¿Qué resultados espera? ¡Instantáneos! Pero cuando se trata de la oración no podemos pretender tener resultados de inmediato porque no depende de nosotros y de nuestras prisas, depende de Dios, que desde Su sabiduría y amor por nosotros, sabe si conviene o no concedernos lo que le pedimos, y sobre todo, sabe cuándo. Puede requerir tiempo. Hay que saber esperar. Y sobre todo, perseverar.
Esta semana la Iglesia celebra a santa Mónica, ejemplo de perseverancia en la oración. Su hijo Agustín había abandonado la fe y llevaba una vida de pecado. Su mamá lloraba preocupada por él, y oraba con todo su corazón. Y muchas veces parecía que la situación se ponía peor, pero ella no desesperaba y seguía orando. Y luego de muchos años, sus oraciones dieron fruto: su hijo no sólo regresó a su fe católica, sino que llegó a ser obispo, y después de su muerte fue canonizado y declarado Doctor de la Iglesia.
Dios tomó en cuenta las lágrimas y oraciones de esa madre, como toma en cuenta las de todas las mamás del mundo.
Te comparto que yo estuve alejada de la fe durante nueve años, y todas las noches, cuando iba al cuarto de mis papás a desearles buenas noches, antes de irme a dormir, encontraba a mi mamá sentada en su cama, con su Rosario en las manos, rezándolo. No me cabe duda de que además de pedir por mis hermanos, pedía por mí. Y aunque pasaron años y años, perseveró. Y un día la gracia de Dios me tocó y volví a la Iglesia. La oración de una madre es poderosísima. Dios les ha concedido ese poder. Empezando por Su propia Madre, la Virgen María a la que haremos bien en encomendarnos porque que siempre esta intercediendo por nosotros y el Señor no le niega nada.
Si eres mamá y tienes uno o varios hijos medio descarriados, o descarriados y medio, que te preocupan mucho, ponlos en manos de Dios por medio de María. Dile: ‘Señor, te encomiendo a nuestros hijos’. Él sabrá qué hacer.
Y si no eres mamá, sino simplemente una persona preocupada por alguien por quien ya llevas rezando mucho tiempo, por favor no te impacientes por no ver resultados, no te desanimes porque las cosas parezca ponerse peor. Persevera. Confía. Dios no deja ninguna oración sin atención y sin respuesta, aunque ésta tarde y tal vez no te toque verla.

y los envió por delante...