y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Rebeldía y misericordia

Alejandra María Sosa Elízaga*

Rebeldía y misericordia

Quienes tienen a su cargo a alguien de quien esperan obediencia, sea un hijo, un subalterno, un empleado, suelen considerar la rebeldía como una falta grave.

Me decía un amigo maestro que puede pasar por alto que un alumno llegue un poco tarde o no traiga muy bien hecha la tarea, pero no que sea rebelde, que le desafíe, que no obedezca y haga lo que se le pega la gana.

No hay autoridad que apruebe la rebeldía, y a los rebeldes se les suele someter por la fuerza.

Es por eso que resulta muy sorprendente lo que da a entender san Pablo en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Rom 11, 13-15. 29-32): que la rebeldía de los judíos que no creyeron en Jesús, no movió a Dios a someterlos por la fuerza, sino que les tuvo paciencia, y, mientras tanto, buscó la manera de regalar los dones que aquéllos no quisieron recibir a otros que supieron aprovecharlos.

Afirma san Pablo que: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos Su misericordia” (Rom 11, 32).

Él se refería principalmente a la rebeldía del pueblo elegido que rechazó a Jesús, pero sus palabras se aplican también a todo aquel que en algún momento se rebela contra Dios y se aleja de Él.

¡Qué consolador resulta saber que el Señor reacciona ante las rebeldías del ser humano no como reacciona el mundo, forzando o rechazando a los rebeldes, sino con infinita paciencia y misericordia!

Ello tendría que movernos a considerar dos cosas:

La primera: que nunca debemos tener miedo de que por habernos alejado o haber caído en pecado, Él nos rechace cuando queramos volver a Él, pues nos está esperando siempre con los brazos abiertos.

Y, la segunda: que es una tontería rebelarse y alejarse de Aquel que es tan misericordioso, y peor aún si esa rebeldía es calculada. Si alguien dice: ‘bueno, pues puedo abandonarlo y hacer lo que me pegue la gana, al fin que cuando quiera regresar tendrá misericordia de mí’, no sólo corre el riesgo de que llegue un día inesperadamente el fin de su vida y no haya tenido tiempo de regresar, sino que por estar lejos se priva de las gracias divinas de las que hubiera podido disfrutar.

Consideremos esto: Si alguien estuviera dentro de una cabañita en la mitad de un paisaje nevado, disfrutando del fuego acogedor de la chimenea y de un humeante tazón de chocolate (digo chocolate porque soy chocolatera, pero cada quien piense en la bebida calientita de su preferencia), en compañía de sus seres más queridos, seguramente no querría salir y aventurarse a alejarse de allí, no sólo por el peligro de extraviarse y morir congelado, sino para no perderse ni un instante de todo lo que está gozando ahí dentro.

Así también el conocer la infinita misericordia del Señor, debe movernos no sólo a no tener miedo de que nos rechace cuando volvamos a Él, sino sobre todo y primero que nada, a no querer alejarnos ni un instante del Señor, porque no hay sitio mejor que junto a Él, no hay lugar más acogedor que a Su lado.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga  “La fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 114, disponible en Amazon)

Publicado el domingo 16 de agosto de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72