¿Ayudar a los malvados?
Alejandra María Sosa Elízaga*
Pregunté a diversas personas: ‘¿tú ayudas a los que hacen el mal?’ y todas respondieron de inmediato que no.
Es natural. Hacia quien realiza maldades la gente suele sentir indignación, enojo, decepción, incluso aversión, pero nunca deseos de ayudarle.
Es por eso que resulta tan sorprendente lo que nos pide Dios a través del profeta Ezequiel en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Ez 33, 7-9).
Dice el Señor: “Si Yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es un malvado, y tú no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida.” (Ez 33, 8).
¿Qué quéeeeeee?, ¿oímos bien?, ¿nos está diciendo el Señor que si pronuncia sentencia de muerte contra un malvado, en lugar de alegrarnos y pensar, ‘¡qué bueno que se muera!, ¡un malvado menos en este mundo!’, y luego olvidarnos del asunto, ¿debemos ayudar al malvado? ¡Sí!, pero ojo: no se trata de ayudarle a hacer el mal, sino a corregirse.
Para captar la importancia de esto hay que leer despacito el texto y darnos cuenta de algo muy revelador: al inicio podemos tener la impresión de que el malvado ya no tiene remedio porque Dios pronuncia “sentencia de muerte”, contra él, pero luego vemos que Dios mismo pide al profeta que amoneste al malvado “para que se aparte del mal camino”. Quiere decir que Dios considera que aún ese malvado contra el que ha pronunciado “sentencia de muerte” tiene remedio, que vale la pena hacer el intento de apartarlo del mal, que lo de sentenciarlo no es para condenarlo sin remedio, sino para advertirle lo que le puede suceder si no se corrige a tiempo.
Resulta muy conmovedor que ante quien en un momento dado rompe consciente y voluntariamente su relación con Dios, es decir, comete pecado mortal, y por ello se pone en peligro de condenación eterna, Dios no reacciona como tal vez reaccionaríamos nosotros, no lo odia, no se desquita, no lo borra del mapa, no se desentiende, sino busca darle otra oportunidad, una posibilidad de salvarse, y nos pide a nosotros, a ti, a mí, ayudarle.
Y hay que ver que no nos da opción. Dios espera de nosotros que nos ocupemos no sólo de nuestra propia salvación, sino de la de los demás, especialmente de la de aquellos que van por mal camino. Y nos pide algo muy concreto: amonestarlos, es decir, exhortarlos a corregirse.
¿Cómo? Hay tres maneras, que no son excluyentes entre si, sino complementarias y van de menos a más:
En primer lugar, cuando sea posible y prudente, hemos de procurar hablar con esa persona a solas, con mucha caridad, pero también con mucha claridad.
En segundo lugar, hemos de amonestarla con nuestras acciones. El solo hecho de que alguien viva de modo coherente con su fe, ya amonesta silenciosamente a quienes le rodean. Por ejemplo, quien da o acepta ‘mordidas’ se siente amonestado por quien se niega a realizar actos corruptos; quien platica chismes se siente amonestado por quien se niega a hablar mal de los demás; quien vive en el rencor, se siente amonestado por quien es capaz de perdonar; quien se ha alejado de la fe se siente amonestado cuando ve a alguien que regresa gozoso de Misa, o queda lleno de paz al leer la Biblia, al rezar el Rosario. Las acciones pueden amonestar más que las palabras.
Y en tercer lugar, hay que aprovechar lo que leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 18, 15-20): Jesús promete que si dos o más se ponen de acuerdo y piden algo en Su nombre, el Padre lo concederá, así que estamos llamados a unirnos a otros para pedir por la conversión de quienes hacen el mal, pues al fin y al cabo no es lo que podamos decirles ni nuestro buen ejemplo lo que puede moverles a conversión, sino la gracia de Dios la que puede penetrar y transformar su corazón.
(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 122, disponible en Amazon).

y los envió por delante...