y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Espero

Alejandra María Sosa Elízaga*

Espero

Espero.

Es una palabra que usamos para expresar que nos gustaría que se dé cierta circunstancia, pero que no estamos seguros de que así será.

La usamos para todo, desde lo más trivial hasta lo que más nos preocupa.

Espero que me haya quedado buena la comida.

Espero que mañana no llueva.

Espero haber hecho bien al invertir mis ahorros en ese banco.

Espero que mi seguro de gastos médicos me pague esta operación.

Espero que la empresa para la que trabajo me dé una buena jubilación.

Espero que mi matrimonio dure toda la vida.

Espero llegar sano a la vejez.

Espero que en mi ancianidad mis hijos se ocupen de mí.

Lamentablemente cuando ponemos nuestra esperanza en gente o cosas de este mundo, solemos quedar defraudados:

La comida que esperábamos nos quedara buena, queda desabrida o sabe a rayos.

Esperábamos que no lloviera y aparecen nubes quién sabe de dónde y nos cae un chaparrón.

El dueño del banco donde pusimos nuestro dinero se lo roba y huye con rumbo desconocido.

Los del seguro médico se las arreglan para dejarnos pagando un gasto estratosférico.

La empresa de la que esperábamos recibir nuestra pensión, quiebra.

Nuestro cónyuge se divorcia o se muere.

Nos llegan achaques inesperados e incurables.

Y nuestros hijos no siempre tienen tiempo de atendernos.

Detengámonos a reflexionar, ¿en qué o en quién hemos puesto nuestra esperanza?, y ¿qué nos hace pensar que no quedaremos decepcionados?

Es que sólo cuando esperamos en Dios podemos tener la absoluta certeza de que no nos fallará. Dice el salmista:

En el Señor puse toda mi esperanza,

Él se inclinó hacia mí

y escuchó mi clamor.” (Sal 40, 2).

¿Qué significa poner la esperanza en Dios?, ¿esperar en Dios?

La esperanza es una virtud teologal, es decir, que viene de Dios y que nos conduce hacia Él. Nos da la seguridad de que el Señor nos sostendrá en toda circunstancia de nuestra vida, y cumplirá todas las promesas que nos ha hecho y que están contenidas en la Biblia.

Por ejemplo: promete amarnos aunque no lo merezcamos (Os 14, 5), no olvidarse de nosotros jamás (ver Is 49, 15-16), estar con nosotros hasta el fin del mundo (ver Mt 28, 20), resucitarnos en el último día, (ver Jn 5, 25-28-29; 6, 40), darnos la posibilidad de pasar con Él la eternidad (ver Jn 10, 27-28; 11, 25-26; 14, 1-3).

Conocer estas promesas y confiar en ellas nos permite vivir con paz, confiar en que contamos con Dios, quien, como dice san Francisco de Sales, nos librará de las dificultades o nos dará Su gracia y fortaleza para superarlas, y, sin importar qué suceda, en todo intervendrá para nuestro bien, y nos ayudará a irnos encaminando hacia la santidad.

Nuestra esperanza, nuestra paz pueden despertar curiosidad, interés en quienes nos rodean, que probablemente no se explican nuestra serenidad, o por qué somos capaces de mantenernos alegres aun en la adversidad.

Y si ellos se lo preguntan, tal vez nos lo pregunten a nosotros.

Pide san Pedro, en la Segunda Lectura que se proclama este VI Domingo de Pascua en Misa (ver 1Pe 3, 15-18): estén “dispuestos siempre a dar a quien las pidiere, las razones de la esperanza de ustedes.

Así que pregúntate, porque tal vez otros te pregunten, ¿en qué o en quién tienes puesta tu esperanza?

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Sed de Dios”, Col. ‘Reflexión dominical’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 91, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 10 de mayo de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72