y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

¿Por qué es tan difícil perdonar?

Alejandra María Sosa Elízaga**

No puedo perdonar. De veras. Lo he intentado y es imposible.

¿Has oído esa frase o tal vez la has pronunciado tú?

Mucha gente está convencida de que por más que lo intente no logra perdonar, así que deja de intentarlo y se resigna a albergar sus rencores para siempre.

Pero los rencores son como esos huéspedes nada recomendables que deterioran terriblemente la casa en la que habitan: van lastimando el corazón, endureciéndolo, amargándolo y, lo más grave de todo, apartándolo de Dios, de Aquel que una y otra vez nos advirtió que para obtener Su perdón (y vaya que lo necesitamos pues no somos perfectos ni cumplimos el mandamiento de amarnos unos a otros como Él nos ama), tenemos que perdonar a los demás.

Ahí tenemos como ejemplo el Padrenuestro en el que Jesús nos enseñó a pedirle al Padre: “Perdónanos como nosotros perdonamos" (Mt 6,12).

Está claro que el Señor no quiere que nos resignemos a ser rencorosos sino que nos esforcemos en perdonar. Pero, ¿por qué a algunas personas les cuesta tanto?, ¿por qué les parece tan difícil perdonar? Aquí cabría dar, entre otras, tres razones.

La primera es que dichas personas suelen tener una idea equivocada de lo que es el perdón. Creen que basta con decir “te perdono” para que todo se olvide y el coraje se esfume, o que sólo podrán perdonar cuando ya no enoje lo que les hicieron, pero el perdón no es una palabra o un sentimiento, es una decisión voluntaria, independiente de lo que se sienta y de si la otra persona pidió perdón o lo merece.

La segunda razón es que no trabajan para vencer los dos obstáculos más comunes en el camino del perdón: la soberbia, que se nota en que el ofendido está indignado de que le hayan hecho algo porque se siente superior a quien le ofendió, y el resentimiento, que atora al ofendido en aquello que sucedió y lo hace repasarlo y revivirlo, imposibilitando que lo olvide y lo supere.

Y la tercera razón es que se cree que el perdón es algo automático que se da en un abrir y cerrar de ojos, cuando la realidad es que es un proceso que implica varios pasos, lo cual puede tomar un poquito más de tiempo, aunque con la práctica este proceso puede darse tan rápido como se desee.

¿Cuáles son esos pasos que hay que dar para lograr perdonar?

Para facilitar recordarlos los agrupé en el acróstico de la palabra PERDONÁNDOLE.

Dado el pequeño espacio aquí disponible no es posible comentarlos más como suelo hacer en el libro o en las charlas, pero cuando menos pueden darte una idea de por dónde encaminarte para abandonar la prisión del rencor y disfrutar la libertad que da el perdón.

Pide ayuda al Espíritu Santo. Cuando te dispones a perdonar, te enfrentas a una lucha espiritual para vencer no sólo la soberbia, el resentimiento sino también las tentaciones que te pondrá aquel que no quiere que perdones. Prepárate para la batalla pidiendo lo que San Pablo llamaba las “armas de la luz”. Encomiéndate al Espíritu Santo y también a la intercesión de María y de toda la gente a la que puedas pedirle que ore por ti.

Examina honestamente tu conciencia. Pregúntate qué tanto contribuiste tú a esa situación, acepta tu parte de culpa, o si realmente no tuviste ninguna, examina cómo has reaccionado, qué actitud has tenido que quizá ha empeorado el asunto.

Reconoce que tienes una herida que necesitas sanar. No temas admitir ante Dios que tienes un rencor. Él te conoce, te ama y es el Médico Divino que puede sanar esa herida.

Decídete a perdonar. Recuerda que Dios te perdona, que te pide que perdones, que debes liberar a los demás de la cárcel de tu rencor - en la cual también tú te has encerrado como carcelero - y que si no perdonas te dañarás tú.

Ora por ti. No confíes en tus solas fuerzas, no bastan. Imagínate al pie de la cruz y pide a Jesús que te dé un corazón como el Suyo, capaz de perdonar hasta lo imperdonable.

No pienses mal. No juzgues ni condenes a la otra persona, pues no puedes conocer todos sus motivos, concientes e inconscientes (miedos, traumas, etc.).

Ábrete a la comprensión. Trata de ponerte en el lugar de la otra persona y comprender sus motivos. Ello no significa aprobarlos, sólo entenderlos compasivamente.

No te desquites. No te vengues y no difames, es decir, no arruines su fama contándole a todos lo que hizo quien te ofendió. Mejor platícaselo a Dios.

Devuelve bien por mal. Si respondes al mal con mal, el mal crece. Si no haces nada, también crece. Al mal sólo se le derrota con el bien. Haz algo bueno por quien te ofendió.

Ora por la persona que te lastimó. Pero no para pedir a Dios que le caiga un rayo, sino para ponerla en las manos amorosas del Padre. Es muy sanador orar por quienes nos hacen mal, va reparando nuestro corazón.

Lucha por olvidar. El perdón no es amnesia repentina, pero sí requiere que uno no esté repasando y recordando lo que sucedió porque entonces no va a poder olvidarlo nunca.

Empieza de nuevo cuantas veces haga falta. Puede suceder que cuando ya lograste perdonar, algo sucede que te vuelve a recordar aquello y vuelve a encender en ti el coraje y el rencor. No te preocupes ni desesperes. Vuelve a comenzar todos los pasos. Hay ofensas que se logran perdonar a la primera y para siempre, pero hay otras que quizá necesitan trabajarse más. Lo importante es no desanimarse ni desistir.

En este Cuarto Domingo de Cuaresma se proclama en el Evangelio en Misa la parábola del hijo pródigo, al final de la cual vemos que cuando el hermano mayor se entera de que su papá le hizo fiesta al hermano que se fue y volvió, se emberrenchina y no quiere entrar.

Entonces el padre sale a hablar con él para tratar de convencerlo de unirse a la celebración. Jesús no nos dice qué sucedió.

Queda a cada uno imaginarlo: ¿se quedó fuera ese joven, instalado en su amargura o se decidió a disfrutar de la alegría del perdón que es siempre fiesta?

Hoy el Señor sale también a invitarnos a esa fiesta, a gozar de la paz de liberarnos de ese rencorcito o rencorzote que nos ha hecho tanto daño.

No le digas que no puedes, deja que te conduzca de Su mano, verás que con Su ayuda lo difícil se hace fácil, y lo imposible, posible.

Si quieres profundizar más en este tema te recomendamos el libro de Alejandra María Sosa Elízaga:
"Por los Caminos del Perdón", en el cual está basado este artículo.
También: “Viacrucis del Perdón”, viacrucis tradicional enfocado al perdón.
Ambos publicados por Ediciones 72 www.ediciones72.com