y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Caídos que levantan

Alejandra María Sosa Elízaga*

Caídos que levantan

Nada ayuda tanto a comprender a otra persona como haber pasado por lo mismo que ella está pasando. Quien ha tenido cierta enfermedad, entiende muy bien los síntomas de quien la padece. Cuando alguien ha experimentado la pérdida de un ser querido, sabe lo que siente estar de duelo. El que ha enfrentado una crisis económica, conoce de primera mano el agobio que ésta provoca. Si se ha sufrido una caída se tiene una idea muy clara de lo que vive quien también ha caído. Y así en todo. Haber pasado por determinada situación otorga una perspectiva que facilita 'ponerse en los zapatos de otro' y estar en posibilidades de ayudarlo mejor.

Hace tiempo estuvo en cartelera una película sobre un médico que solía tratar a sus pacientes con cierta soberbia y frialdad, haciéndoles sentir que eran 'casos', 'números en un expediente' y no personas con miedos y sentimientos.

Y entonces un día él enfermó y tuvo que pasar por todos los estudios, hospitalizaciones y tratamientos a los que antes sometía a sus pacientes. Y experimentó de primera mano la ansiedad de saberse enfermo y tener que aguardar el resultado de un análisis; el miedo y la inseguridad de hallarse en un cuarto de hospital sometido a exámenes, la pena e incomodidad de tener que usar el mal llamado 'cómodo', los desagradables efectos secundarios del tratamiento, la molestia de ser despertado en la noche varias veces (¡¡despierte, despierte, aquí le traigo su medicina para que pueda dormir!!).

A partir de esta experiencia su manera de ver las cosas cambió diametralmente; se volvió más sensible, se humanizó. Y decidió incorporar, como parte del plan de estudios de sus alumnos, el vivir obligatoriamente una experiencia de hospitalización un fin de semana, para ver lo que se siente dormir en una cama que no es la propia, con luz prendida, con ruido constante afuera del cuarto, comiendo sin apetito alimentos nada apetitosos, y así poder tener el punto de vista del paciente y tener una mejor idea de cómo ayudarle.

Nada para alentar la compasión, es decir, el padecer con el otro, el hacer propios sus sufrimientos, como haberlos experimentado en carne propia.

Todo esto viene a colación porque en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 20, 19-23), nos narra san Juan ese momento extraordinario en el que Jesús les dio a Sus Apóstoles el Espíritu Santo y les concedió poder perdonar en Su nombre los pecados

¿Qué significa esto? Que el Señor aplicó aquí ese principio sobre la compasión, y decidió enviar a pecadores a perdonar a otros pecadores. Y antes de que alguien objete y diga: 'pero ¿cómo que envió a pecadores?, ¡si envió a san Pedro, a san Juan, a san Andrés, etc. a puros santos!', hay que recordar que en ese momento estaban bien lejos de ser los santos que luego llegaron a ser. Hasta entonces eran hombres comunes y corrientes, iguales a todos, con los mismos defectos de todos, con errores y caídas como todos. Es maravilloso que el Señor los eligiera, pues ello garantizó que pudieran entender a quienes les perdonaban los pecados, pues ¡ellos mismos habían cometido muchos!

¿Te imaginas qué misericordioso confesor habrá sido Pedro? El que negó a Su Maestro y recibió de Él la delicadeza de hacerle patente Su perdón en un recado dirigido especialmente a él (ver Mc 16,7), sin duda tuvo palabras de comprensión y esperanza si alguno se fue a confesarse de haber renegado de su cristianismo por miedo a ser perseguido o criticado.

Y qué decir de Natanael, que antes de conocer a Jesús tenía prejuicios sobre Él (ver Jn 1,46), seguramente fue un confesor paciente con quien se confesaba de estar siempre pensando mal de otros o juzgando por apariencias.

Y ni hablar de Tomás, aquel que dijo que no creería en el Resucitado hasta no meter sus dedos en Sus llagas (ver Jn 20,25 ), aquí sí que no cabe duda de que si alguien se confesó con él de su resistencia a abrazar la fe, no se llevó una regañada, sino un testimonio que lo invitó a dejar atrás la desconfianza y a reconocer a Cristo como su Señor y su Dios.

Podrían citarse incontables ejemplos, pero basten estos para establecer la genialidad pedagógica del Sacramento de la Confesión que, como vemos en este Evangelio, Jesús instituyó, y que permite que se conjuguen a nuestro favor dos elementos aparentemente contradictorios e incompatibles: el perdón que otorga Dios, Aquel que nunca cometió pecado, y el medio por el que nos llega ese perdón: un ser humano pecador.

Ya se ha comentado antes en este espacio que quien se niega a aprovechar este Sacramento alegando que no se quiere confesar con un pecador, no ha comprendido que esto lejos de ser algo indeseable es una maravilla, pues si los confesores fueran infalibles quizá verían a los penitentes por encima del hombro, se escandalizarían ante sus miserias y no sabrían qué aconsejarles para salir de ellas, pues jamás las habrían experimentado. ¡Ah, pero gracias a Dios no es así!, y el haber caído les permite saber lo que se siente caer y no ver a los caídos con desdén desde lo alto, sino cara a cara y con compasión. Y lo mejor de todo es que han recibido de Jesús el Espíritu Santo, cuya venida celebramos gozosamente en este Domingo de Pentecostés, que los ilumina y capacita no sólo para perdonar a los pecadores en el nombre del Señor, sino para compartir con ellos la gracia divina que ellos mismos han experimentado, la que, cuando han caído, siempre los ha levantado.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Caminar sobre las aguas”, Col. ‘La Palabra ilumina tu vida’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 92, disponible en Amazon)

Publicado el domingo 24 de mayo de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72