y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Que Dios te perdone

Alejandra María Sosa Elízaga*

Que Dios te perdone

'Y a mí, ¿de qué me tiene que perdonar Dios? Voy a Misa todos los domingos, doy limosna cuando me piden, no mato, no robo, ¿de qué me tiene que perdonar?'

Palabras más, palabras menos, es lo que muchos creyentes se preguntan.

Se examinan a sí mismos y por más que buscan no encuentran algo que requiera el perdón de Dios; si acaso, para no parecer soberbios, admiten que a veces cometen no pecados, sino errores, naderías, lo que hace todo el mundo, nada fuera de lo 'normal', nada tan dramático que amerite pedir o recibir el perdón de Dios.

Es asombrosamente grande la cantidad de gente que jamás acude al Sacramento de la Confesión porque realmente considera que no tiene nada de qué confesarse.

¿Por qué sucede esto? Porque lamentablemente hay quienes creen que basta con cumplir ciertos ritos para 'tener contento' a Dios; creen que ser católico consiste en limitarse a ir a Misa el domingo. Se olvidan que Jesús fue muy claro al expresar lo que espera de Sus seguidores: que se amen unos a otros como Él los ama (ver Jn 15, 12); es para esto que hay que ir a Misa, no para pasar 'lista de asistencia', sino para recibir a manos llenas el amor que después hay que dar a los demás.

Así pues, si quienes sienten que no tienen pecado examinan cada día si únicamente han tenido pensamientos, palabras y obras llenos del amor de Dios, o si, por ejemplo, han juzgado, pensado 'pestes' de alguien, hablado mal de un ausente, esparcido rumores o chismes; se han permitido una que otra mentira; han hecho algo con afán de desquitarse o humillar o lastimar a otros, sin duda tendrán que reconocer que en más de una ocasión faltaron a la caridad a la que estaban llamados.

Alguien puede preguntar: ¿y qué ganan con reconocer esto? Cabe responder: ¡Muchísimo! Ganan un cambio de actitud que les permitirá abandonar la soberbia, la prepotencia, la autosuficiencia, y reconocerse necesitados del perdón de Dios.

Sólo así podrán pedirlo y valorarlo y, algo muy importante: sólo así tendrán buen cuidado de no hacer nada que pueda privarlos de él.

¿Es que hay algo que pueda privarnos del perdón de Dios? ¡Sí lo hay! Nos lo dice Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 18, 21-35).

En él nos narra la historia de un hombre al que, por pura misericordia, se le perdona una deuda inmensa, pero como no quiere perdonar a alguien que le debe poco, recibe como castigo que ya no se le perdone todo aquello que él debía.

Termina el relato Jesús advirtiéndonos seriamente: "lo mismo hará Mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano" (Mt 18, 35).

Si algo puede hacer que perdamos el perdón de Dios es que no perdonemos a otros. Y ya vimos que nadie puede decir que no le hace falta ese perdón de Dios.

Dice san Juan que quien afirma que no tiene pecado, se engaña a sí mismo (ver 1Jn 1,8). Todos somos pecadores: necesitamos y recibimos el perdón que Dios nos da para compartirlo. En otras palabras: porque Dios te perdona y para que te siga perdonando, tienes que perdonar.

Viene a la mente el caso de Rachel Muha, cuyo hijo, un buen muchacho al que amaba entrañablemente, fue secuestrado de la Universidad Franciscana de Steubenville, Ohio, EUA. Ella declaró públicamente: "A quien sea responsable de lo que le haya sucedido a mi hijo, sea lo que sea que le haya hecho, yo lo perdono'.

Y pocos días después, cuando se descubrió el cuerpo del muchacho, brutalmente golpeado y con una bala en la cabeza, y fue capturado el asesino, que confesó que cometió ese crimen para robarle el coche, ella reiteró su perdón.

Indignó a la opinión pública que el delincuente no sólo no mostraba arrepentimiento, sino que se jactaba burlonamente de lo que había hecho.

Aun así, la Sra. Muha intercedió para que no lo condenaran a muerte. Y cuando pudo dirigirle personalmente unas palabras lo bendijo, le aseguró que estaba orando por él para que se arrepintiera, se volviera hacia Dios y experimentara la paz de ser perdonado por Él; le permitió conservar el Rosario que el asesino le había robado a su hijo y que traía colgado al cuello, y lo enseñó a usarlo haciéndole ver que era la mejor arma que podía usar (y una que sí le dejarían tener en la prisión).

Por último le explicó la razón de lo que la prensa había calificado como su 'inexplicable capacidad de perdonar', y que tendría que ser también la razón nuestra, la de todo creyente: 'Quiero que sepas que aunque no me hayas pedido perdón, yo te perdono. No porque lo que hiciste tenga excusa, porque no la tiene; no porque te lo merezcas; no porque no sea un terrible crimen; no porque no me duela. Te perdono porque yo he sido siempre perdonada por Dios'.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Caminar sobre las aguas”, Col. ‘La Palabra ilumina tu vida’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 146, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 13 de septiembre de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72