Verla y que te vea
Alejandra María Sosa Elízaga*
De muy lejos o de muy cerca, del otro lado del mundo o de algún punto de nuestra geografía, luego de varios vuelos o autobuses, o en bici, o a pie o en silla de ruedas, incluso de rodillas, millones de peregrinos vienen a corresponderle, porque Ella vino primero, y no de visita, sino a quedarse entre nosotros para siempre.
Y a todos les sucede lo mismo, cuando al final de su largo o corto camino vislumbran a lo lejos el cerrito, y alcanzan a ver la punta color turquesa de la cúpula de la Basílica de Guadalupe, la más visitada del planeta, sienten una emoción muy grande, han llegado a la casita donde los espera su Madre, dispuesta a recibir a cuantos la aman, la buscan y confían en su intercesión, y aliviar sus miserias y sus penas.
Todos traen la misma intención, la que expresó emocionada una señora a la que se le preguntó a qué venía: ‘a verla y que me vea’.
Cada uno piensa: vengo a verla, a ver sus ojos misericordiosos, a ver sus manitas unidas, y saber que está siempre orando por todos; a ver su vientre, en el cual porta a mi Señor, el verdadero Dios por quien se vive.
Vengo a que me vea, a que Ella, cuyo espíritu se llenó de gozo al reconocer que Dios puso Sus ojos en la humildad de Su esclava, me alegre poniendo en mí Su mirada, y me consuele, y me haga sentir que es nada lo que me aflige porque estoy bajo su amparo, me tiene en su regazo, en el cruce de sus brazos, y pide a su Hijo por mí.
Cada peregrino colma ese anhelo de su corazón al pasar, conmovido, ante la imagen milagrosamente impresa de María: verla y que le vea. Y se va siempre con el corazón lleno de paz y de esperanza, y muy agradecido de tenerla tan cerca.

y los envió por delante...