y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

De compras con Jesús

Alejandra María Sosa Elízaga*

De compras con Jesús

'Es mi dinero y yo hago con él lo que me da la gana.'

Mucha gente ha dicho esta frase, o cuando menos la ha pensado.

Es curioso cómo cuando se trata de la manera como gastamos nuestro dinero consideramos que podemos hacer lo que se nos ocurra, que no tenemos que entregar cuentas a nadie: ‘yo lo trabajé, yo lo gané, es justo que yo lo gaste como quiera’. Fin del asunto, ¿o no?

            El otro día mientras esperaba a una persona en la zona de cajas de una tienda de autoservicio, tuve oportunidad de ver lo que la gente llevaba en su carrito.

Me preguntaba si lo que las personas compran expresa su fe, más aún, si podía yo descubrir quién era católico al ver lo que llevaba en su carrito.

Alguien puede pensar: '¡ay ay ay, eso es llevar las cosas demasiado lejos!, ¡Dios no tiene nada que ver con lo que uno compra en el super!' Y sin embargo, cuando se analizan las cosas se advierte que no es que Dios no tenga nada que ver con nuestras compras, es que somos nosotros los que no queremos que Él tenga nada que ver con la manera como gastamos el dinero. ¿Por qué? Porque resulta profundamente incómodo.

Nada más imagínate que un día Jesús te acompañara al supermercado y caminara junto a ti mientras eliges lo que vas a llevar. ¿Cómo te quedarías?

¿Cómo se quedarían esos trabajadores que con su paga recién recibida sólo llevan 'caguamas' para ponerse una borrachera con los cuates? ¿Ese señor que derrocha en manjares y licores importados para apantallar a sus invitados? ¿Esos adolescentes que se surtieron de bebidas embriagantes y preservativos para el 'reven' de esa noche? ¿Esa señora que cedió a todas las supuestas ofertas y se siente muy satisfecha de sí misma, aunque en realidad no necesita casi nada del montón de cosas que compró? ¿Esa familia que sale del súper con el carrito a tope y no es para convidarle algo al anciano flaquito y mal vestido, que está afuera pidiendo limosna porque todavía no ha comido?

Sería muy embarazoso tener por testigo a Jesús mientras llenamos nuestros carritos movidos por la presión de los amigos, por la influencia de la publicidad, por el afán de despertar envidias, por nuestra propia glotonería, o por mil motivaciones que no tienen nada que ver con nuestro ser discípulos suyos. No nos gusta la idea y por eso convenientemente lo solemos olvidar cuando se trata de gastar.

Pero Él no se olvida de nosotros. Y mientras volteamos hacia otro lado, Él no deja de mirarnos, esperando a ver a qué horas nos damos cuenta de lo absurdo, de lo inútil de dilapidar lo poco o mucho que tenemos buscando inútilmente saciar una necesidad (afectiva, emocional, espiritual, etc.) que sólo Él puede saciar.

            En la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Is 55, 1-3), Dios nos invita a acudir a Él que todo nos lo da regalado y a manos llenas, y no nos ofrece bagatelas sino ¡vida verdadera!

Nos lanza una pregunta que haríamos bien en plantearnos: "¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario en lo que no alimenta?" (Is 55, 2).

Es decir, ¿por qué nos dejamos mover por el loco afán de conseguir cosas que realmente no nos alimentan, sobre todo a nivel espiritual?

¿Por qué trabajamos horas y horas para poder adquirir 'bienes' (por llamarlos de algún modo) que en realidad no nos hacen ningún bien?

¿Por qué, si el Señor nos está siempre esperando, las 24 horas, los 365 días del año, con los brazos abiertos y un torrente de gracias y de dones gratuitos que quiere derramar sobre nosotros, no acudimos a la cita con Él y sustituimos la auténtica felicidad que Él nos obsequia por la efímera alegría que nos proporcionan las cosas que el mundo nos vende?

Hay quien prefiere pasar el domingo simplemente paseando en un centro comercial que ir a Misa.

Hay quien cuando busca animarse porque le agobian los problemas, prefiere, si tiene con qué, ponerse a comprar en lugar de orar.

Todo esto no quiere decir que no debamos comprar nada o que debamos limitarnos a comprar sólo lo básico y que no podamos darnos ni un gusto. No. Simplemente significa que como cristianos estamos llamados a vivir nuestra fe, no sólo un rato en la Iglesia, sino a todas horas, y que no podemos decir: 'hago con mi dinero lo que quiero', porque el cristianismo no es algo que se practica una hora los domingos, es una manera de vivir que compromete absolutamente todos los aspectos de nuestra existencia, incluido lo que hacemos con un dinero que no es realmente nuestro, pues nos lo prestó Dios para administrarlo, y al final de la vida tendremos que entregarle cuentas de nuestras cuentas.

Así pues, sé consciente de que Aquel que prometió estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, está contigo también cuando vas de compras al mercado, al súper, al centro comercial, y lo mejor que puedes hacer es atreverte a preguntarle qué opina de las cosas que planeas comprar y, sí, también, de las razones por las que las que quieres comprarlas, y, lo más importante: pedirle que te ayude a usar el dinero, que de por sí es injusto (ver Lc 16, 9) para lograr algo justo y bueno: aprender a comprar sólo aquello que sea para tu bien y el de otras personas; superar el egoísmo y compartir lo que tienes, sobre todo con los necesitados; experimentar que es cierto que hay más alegría en dar que en recibir (ver Hch 20,35) y, lo más importante: entender de una buena vez que lo mejor de la vida es gratis; que al final ninguna cosa comprada colmará tu necesidad, pues sólo te sacia verdaderamente lo que sin pagar has recibido: el amor incondicional de Dios, y el de tus seres queridos.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “¿Te has encontrado con Jesús?”, Col. ‘Fe y vida’, vol. 2, Ediciones 72, México, p. 128, disponible en Amazon)

Publicado el domingo 2 de agosto de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72