y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Poder dormir, poder cantar

Alejandra María Sosa Elízaga*

Poder dormir, poder cantar

Si alguien te metiera injustamente en la cárcel y supieras que tiene la intención (y desde luego el poder y la impunidad) de mandarte matar al día siguiente, ¿cómo pasarías la noche? Seguramente con gran angustia o encomendándote a toda la corte celestial o incluso planeando cómo escaparte de ahí. Pues sé de alguien que ante semejante caso se puso a dormir tranquilamente.

Si te agarraran a varazos y te dejaran la piel en carne viva y luego te arrojaran a un cuarto inmundo sin ventanas, con el piso lleno de porquería y te dejaran ahí, con cadenas que te lastiman, ¿cómo pasarías la noche? Seguramente entre quejidos de dolor, de rabia y quizá incluso lanzando insultos y maldiciones contra el responsable de tu situación. Pues sé de alguien que ante semejante caso se pasó la noche cantando alabanzas a Dios.

Quizá te parezca que ése que se durmió y ése que se puso a cantar eran un par de locos o de inconscientes que no captaban plenamente la gravedad de su situación. Pero no es así. Comprendían perfectamente lo que les había pasado, que habían sufrido un tremendo abuso y que de ésa podían no salir vivos.

Si reaccionaron como lo hicieron no fue porque les faltara juicio, sino porque abundaban en confianza.

Sí, uno era capaz de dormir y otro capaz de cantar porque ambos tenían la más absoluta e inamovible convicción de que no quedarían defraudados, ¿por qué? porque tenían puesta su confianza enteramente en Dios.

Sabían que pasara lo que pasara sería para bien porque Dios sólo permite que suceda lo que más conviene para nuestra salvación y la de los demás, y de antemano le entregaron, como decimos ahora: 'un cheque en blanco', es decir, aceptaron que se cumpliera lo que Él determinara que era lo mejor, fuera lo que fuera.

¡Qué fe tan grande!, ¡qué capacidad tan notable de decirle sí a Dios en todo, aun en medio de las circunstancias más difíciles o tremendas, y saber agradecerle todo, incluso lo que no parece 'agradecible'!

¡Qué extraordinaria paz ha de haber sentido en su corazón el que fue capaz de conciliar el sueño! ¡Qué incomparable alegría ha de haber experimentado el que fue capaz de no dejar de alabar a Dios!

¡Quieres saber quiénes eran?  Nada menos que los Apóstoles san Pedro y san Pablo.

(La Iglesia los celebra juntos, cada 29 de junio, en una Solemnidad cuyas Vísperas se empiezan a celebrar este domingo en las Misas de la tarde y noche, y por eso me permití dedicarles este espacio en el que suelo comentar las Lecturas dominicales. La Primera Lectura (ver Hch 3, 1-10) narra cómo el Ángel que fue a liberar a san Pedro tuvo que despertarlo, y si quieres conocer la escena en la que san Pablo cantaba estando preso, y que por cierto fue interrumpido nada menos que por un terremoto, lee en tu Biblia Hch 16, 23-25).

Al saber a quiénes me he estado refiriendo, no vayas a decir: '¡ah!, con razón, si se trata de dos súper santos, no es de extrañar que reaccionaran así!', pues aunque es cierto que son santos, no lo fueron desde el principio. A los dos les costó muchísimo trabajo alcanzar ese perfecto abandono en el Señor. Solían tener demasiada confianza en sí mismos. En un momento dado, cada uno se consideró el más leal seguidor del Señor, creyó saber muy bien qué era lo que Dios quería y estuvo convencido de ser capaz de realizarlo. Y entonces cada uno enfrentó una situación que lo puso a prueba, y el que se creía fuerte se dio cuenta de que era débil, y el que creía ver claramente el camino a seguir descubrió que en realidad estaba ciego y debía dejarse llevar de la mano.

Ambos sintieron en carne propia lo que es caer desde las alturas de la soberbia.

Lo bueno es que no se quedaron caídos; supieron aceptar la mano que el Señor les tendió para levantarse. Dejaron que Su mirada amorosa los envolviera, que Su voz resonara en su corazón y que Su abrazo misericordioso los hiciera saberse no sólo comprendidos y perdonados, sino sostenidos y acompañados en todo momento.

Dejada atrás la prepotencia, la autosuficiencia, la agobiante pretensión de cargar el mundo sobre las propias espaldas, se dispusieron a dejarse transformar, iluminar, mandar por Aquel a quien ahora querían servir no sólo con todo el corazón, sino con toda la humildad de reconocerse absolutamente necesitados de Su gracia para mantenerse verdaderamente fieles a Su voluntad.

Él los envió y se dejaron enviar, y en su camino encontraron no pocas dificultades, pero las asumieron con la certeza de que si las permitía Aquel que les había mostrado tanto amor no cabía vivirlas con temor, ansiedad, desánimo, desesperación o rabia; sólo con paz, con gozo y gratitud.

Ambos consideraban, como lo expresó bellamente san Pablo, que si vivían, vivían para el Señor y si morían, morían para el Señor (ver Rom 14, 8).

Por eso uno era capaz de dormir y el otro de cantar en circunstancias tan adversas. Se fiaban de Dios, confiaban en Su proyecto divino y en Su sabia providencia, y no quedaron nunca defraudados.

Hasta el final de sus vidas, los mantuvo Dios en la palma de Su mano y ellos supieron pagar amor con amor. El uno fue la roca sobre la que Cristo fundó la Iglesia (ver Mt 16, 18); el otro un Apóstol incansable cuyos viajes misioneros ayudaron a difundir la Buena Nueva por todo el mundo (ver Hch 13, 2-3).

En esta Solemnidad en la que juntos los celebramos, pidámosles que rueguen por nosotros para que aprendamos a vivir toda circunstancia, por adversa que sea, con una paz y alegría como la suya, que muestre y contagie a otros nuestra total confianza en que Dios nos ama y está siempre con nosotros.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “¿Te has encontrado con Jesús?”, Col. Fe y Vida, vol. 2, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 113, disponible en Amazon).

 

Publicado el domingo 28 de junio de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72