Dignidad
Alejandra María Sosa Elízaga*
¿Qué es la dignidad?, ¿cómo la definirías? ¿Qué te hace considerarte digno de algo?, ¿qué hace que califiques algo de 'indigno'?
El diccionario define la dignidad como sinónimo de respeto. Solemos pensar que hay que defender la propia dignidad por encima de todo pues lo más penoso que le puede pasar a uno es perderla. La pregunta es: ¿cómo saber dónde están los límites entre dignidad e indignidad?
El Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 3, 13-17) ofrece una respuesta.
Se trata de un texto que sigue al que se proclamó el Segundo Domingo de Adviento. Ese día veíamos a Juan el Bautista que invitaba a la gente a la conversión, bautizaba a los que se habían acercado arrepentidos a confesar públicamente los pecados que habían cometido, y les anunciaba que detrás de él vendría Aquel que no sólo los bautizaría con agua como él, sino con Espíritu Santo y fuego (ver Mt 3, 1-12).
Ahora, en continuidad con esa escena, este domingo vemos que entre los que se acercaron a ser bautizados en el Jordán estaba Jesús.
La primera reacción ante esta noticia es de asombro e incredulidad. Nos preguntamos cómo es que Jesús, el Hijo de Dios, el que nunca pecó, ¡se puso entre los pecadores!
Según el concepto del mundo de lo que es digno o indigno se podría considerar que ni Juan era digno de bautizar a Jesús, ni formarse entre pecadores correspondía a la dignidad del Hijo de Dios. Más bien cabría esperar que la cosa hubiera sido al revés y que Juan y los demás hubieran sido bautizados por Jesús. De hecho parece que el propio Juan se lo planteó, pues le dijo a Jesús: “Yo soy quien debe ser bautizado por Ti, ¿y Tú vienes a que yo te bautice?” (Mt 3, 14).
Lo que contestó Jesús resulta muy revelador: “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere” (Mt 3, 15).
Sus palabras responden a la cuestión que se planteaba al inicio sobre cómo saber qué es lo realmente digno y lo indigno.
Queda claro que hacer lo que Dios quiere siempre es digno, aunque de momento sintamos pena, temor o renuencia a hacerlo. Él jamás nos pediría que hiciéramos algo en contra de nuestra dignidad de hijos Suyos. Entonces, no importa si el mundo no siempre está de acuerdo, incluso no importa si nosotros mismos no siempre estamos de acuerdo, hay que hacerlo.
Por ejemplo Juan se sentía indigno de bautizar a Jesús, pero era lo que Dios quería que hiciera y lo hizo. Jesús sabía que sería criticado por mezclarse con los pecadores en el Jordán y por ser bautizado por Juan, pero era lo que Su Padre quería que hiciera, para solidarizarse con nosotros y para santificar así las aguas de nuestro Bautismo, y por eso lo hizo.
Así pues, cuando Dios nos pida algo de lo que no nos creamos dignos, por ejemplo participar en algún servicio o apostolado, no debemos salirle con un: ‘¿cómo me pides esto a mí?’, sino que debemos imitar el ejemplo de Juan, que accedió al instante con la confianza de que el plan de Dios rebasa nuestra lógica, pero es infinitamente preferible a todo lo que desde nuestra pobre perspectiva se nos pudiera ocurrir, y además Él siempre nos da Su gracia para cumplir lo que nos manda.
Y también cuando nos sintamos tentados a no hacer algo que Dios quiere que hagamos, como, por ejemplo, mantener viva y cuidar con amor a una persona cuya enfermedad terminal o edad avanzada mueven a muchos a caer en la tentación de aplicarle la eutanasia para dizque darle una muerte ‘digna’, o perdonar, o prestar un servicio humilde que nos parece que es indigno para nosotros, olvidemos los falsos orgullos e imitemos a Jesús, que aceptó hacer algo aparentemente indigno de Él, ser bautizado entre pecadores, porque sabía que sería para bien y porque Su Padre así lo quiso.
Prueba de que ello no atentó contra Su dignidad, sino todo lo contrario, es que luego de ser bautizado, se abrió el Cielo, el Espíritu Santo descendió sobre Él y se escuchó la voz del Padre que lo llamó Su “Hijo muy amado en quien tengo Mis complacencias” (Mt 3, 17).
Se puede concluir de todo esto que lo más digno en este mundo siempre será cumplir la voluntad de nuestro Padre del Cielo, y cuando nos pida algo, sin importar qué sea, hacerlo, no sólo porque sin duda será lo mejor para nosotros, sino también porque tendremos la dicha filial de complacerlo.
(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Caminar sobre las aguas”, Col. ‘La Palabra ilumina tu vida’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 30, disponible en Amazon).

y los envió por delante...