y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Sembrar y repartir

Alejandra María Sosa Elízaga*

Sembrar y repartir

Un joven iba repartiendo unos volantes en las casas. Y no se daba cuenta de lo que sucedía luego con éstos, pero yo sí, porque iba caminando varios metros detrás de él.

 

Miré que echó uno a través de una reja, pero éste cayó en un charco, deslizó otro bajo una puerta detrás de la cual ladraba un perro, que seguramente se puso a husmearlo y mordisquearlo; tiró varios en la entradita de una casa, pero el viento los voló a la banqueta, donde acabaron, en calidad de basura, remolinándose con otros papeles callejeros. Intentó dejar algunos en los casilleros de un condominio, pero estaban ya tan retacados de propaganda que no les cabía nada. Por último, lo vi meter uno en mi buzón.

Y debo confesar que en cuanto entré a mi casa, lo primero que hice fue sacar el volante.

No necesité leerlo para enterarme de lo que decía, pues había recibido sopetecientos iguales y ya sabía que ese papelito verde ofrecía devolverle la salud a mi refrigerador, así que lo estrujé para hacerlo bolita (el volante, no el refrigerador) y sin pensarlo dos veces lo tiré a la basura.

Pero entonces sucedió lo inesperado. Horas más tarde mi refrigerador comenzó a producir unos ruidos horribles (como si de veras lo hubiera estrujado); hagan de cuenta barriga de ballena con retortijón.

Quise pensar que quizá se debían a alguna pasajera alteración en el voltaje, pero cuando los ruidos no sólo no aminoraron sino se pusieron peor, me vi en la imperiosa necesidad de considerar seriamente buscar a alguien que pudiera ir a ver qué le pasaba al refri, pero ¿a quién llamar, en fin de semana y en la tarde?

Entonces recordé el volantito que tan displicentemente había tirado al mediodía, y tuve que ir avergonzada a rescatarlo del bote de basura, desarrugarlo lo mejor que pude y llamar a quien apenas unas horas antes casi hubiera jurado que nunca tendría necesidad de llamar.

Y comprendí el por qué aquella empresa no se había cansado de enviarme volantitos, porque sabían que tarde o temprano surtirían efecto, que lo que aparentemente era una labor inútil e incluso enfadosa, tanto para el que reparte los volantes como para el que se cansa de recibirlos, puede, inesperadamente, convertirse en una gran ayuda, llegar en el momento preciso y servir de algo, de mucho.

 

¿A qué viene al caso esta anécdota doméstica? A que en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 13, 1-23), vemos a un sembrador que salió a sembrar, y de los granos que arrojó, unos cayeron en un camino y se los comieron los pájaros; otros cayeron entre piedras, germinaron pero se secaron; otros crecieron entre espinas que los sofocaron y otros cayeron en tierra buena y dieron fruto.

Y la actitud del sembrador me recordó la del joven de los volantes. Los dos salieron a repartir a diestra y siniestra, uno semillas, otro hojitas de papel, ambos con el mismo afán de abarcar el mayor territorio posible y ambos igualmente despreocupados de lo que sucedería después con aquéllas. Lo suyo era entregarlas y ya. Y por eso ninguno se detuvo a considerar: ‘ay no, aquí no echo la semilla, o ay no, aquí no dejo volante, porque será en vano, resultará inútil’. No. Se concentraron, uno en sembrar, otro en repartir, sin preocuparse por el resultado.

Seguramente cada uno confiaba en que lo que estaba dejando aquí y allá era algo bueno que tarde o temprano produciría fruto. Y su suposición fue correcta.

 

Es interesante aprender de su ejemplo para ser más osados cuando se trata de sembrar en nuestro campo, compartir en nuestro mundo las cosas del Dios. Aprender a afanarnos en hacerlo sin que nos preocupe si obtendremos o no resultados. Lo nuestro debe ser sembrar, repartir, ¿qué? lo que el Señor nos ha enviado a sembrar y repartir: la Buena Nueva del Reino, a través de nuestro testimonio cristiano, de compartir y vivir la Palabra de Dios, de dar amor, consuelo, consejo, gestos de bondad, de amistad, de comprensión, de solidaridad, de perdón; palabras y actitudes que tal vez en primera instancia serán desechadas, recibirán críticas, parecerá que cayeron en tierra dura, que se las llevó el viento o fueron arrojadas sin miramientos a la basura, pero que no permanecerán allí porque contienen algo mucho más valioso que la oferta de reparar un electrodoméstico, pues como vienen de Dios son capaces de reparar un corazón, y así, si quien las entrega persevera en su siembra, en su reparto, un día, cuando menos se piense, serán recordadas, revaloradas, rescatadas y aprovechadas, y darán fruto, a veces de treinta, a veces de sesenta, a veces de ciento por uno...

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 101, disponible en Amazon)

Publicado el domingo 16 de julio e 2023 en la pag web y de facebook de Ediciones 72