Siete días con el Papa
Alejandra María Sosa Elízaga*
Cuando piensas en tomar vacaciones, ¿qué te gusta hacer?
Ante esta pregunta probablemente muchos mencionen descansar, entendido como no trabajar, no cansarse, no hacer nada.
Pero si al Papa Benedicto XVI le preguntan qué disfruta hacer en sus vacaciones sin duda mencionará escribir libros. Sí, al Papa le encanta escribir, es autor de más de sesenta libros.
Le gusta tanto que cuando en 1981 el Papa Juan Pablo II lo llamó a ser Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, le dijo que aceptaba siempre y cuando pudiera seguir escribiendo.
Y luego de casi un cuarto de siglo al frente de la Congregación, cuando esperaba ilusionado retirarse a Baviera a vivir con su hermano sacerdote y dedicarse a dar clases y desde luego sí, adivinaste, a escribir, fue nombrado Papa y tuvo que renunciar a esa ilusión, pero a lo que no renunció fue a seguir escribiendo.
Y como detalle curioso cabe mencionar que lo hace a mano, y la escritura le fluye tan bien que no tiene que corregir.
En lo que va de su pontificado, nos ha presentado ya tres encíclicas, dos exhortaciones apostólicas post sinodales y el primero de dos volúmenes sobre Jesús de Nazaret (del Bautismo de Jesús en el Jordán a la Transfiguración).
Y sus obras comparten una misma característica que las hace fascinantes: el Papa aporta siempre una interpretación tan rica y profunda sobre los textos bíblicos que menciona que nos permite descubrirles nuevas y valiosas vetas, y además enriquece su reflexión citando los más diversos autores, antiguos y contemporáneos, se nota que es un lector ávido que respeta y recuerda lo que otros escriben.
Y no se piense ni por un momento que leer un libro del Papa Benedicto es aburrido, todo lo contrario, es tan interesante que bien vale la pena leerlo durante las vacaciones (ya que él lo escribe en sus vacaciones, es justo corresponderle ¡leyéndolo en vacaciones!).
Y ahora lo podemos hacer porque para nuestro deleite acaba de llegar a México, muy oportunamente, el segundo volumen de “Jesús de Nazaret”, obra que abarca desde la Entrada a Jerusalén hasta la Resurrección, excelente lectura para disfrutar durante la Semana Santa porque trata precisamente sobre lo que conmemoramos en esos días.
Para darte una idea de sus temas, te comento que el primer capítulo contempla la Entrada de Jesús en Jerusalén y en él el Papa nos explica por qué Jesús hizo su entrada montado en un burrito, y luego corrió a los vendedores del Templo.
En el segundo capítulo se atreve a abordar lo que él mismo califica como “el texto más difícil de los Evangelios” porque anuncia la destrucción del Templo, la de Jerusalén, y el fin del mundo.
Nos da pautas para entender el discurso de Jesús sobre estos temas y nos aclara a qué labor apremiante estamos llamados mientras dura lo que llama “tiempo de los paganos”.
El tercer capítulo nos da una interpretación que probablemente no se nos había ocurrido acerca de que Jesús lavara los pies a Sus discípulos durante la Última Cena; reflexiona sobre la distinta reacción de Judas y Pedro y nos revela qué es lo que realmente puede purificar nuestro corazón.
El cuarto capítulo trata sobre las palabras de despedida de Jesús en la Última Cena, y cómo son iluminadas por textos del Antiguo Testamento.
En el quinto capítulo reafirma la historicidad de la Última Cena, nos sorprende planteando que quizá no ocurrió cuando pensábamos y nos ayuda a captar el valor infinito de la Eucaristía.
En el sexto capítulo explora la oración de Jesús en Getsemaní, la razón de Su angustia y cómo entender que siendo Dios pudiera tener una voluntad distinta a la del Padre.
En el séptimo capítulo explica por qué fue llevado Jesús ante Pilato, y plantea una pregunta acerca de la verdad, de cuya respuesta considera el Papa que se juega el destino de la humanidad.
El octavo capítulo trata sobre la crucifixión y sepultura de Jesús, cómo fue que entendieron esto los discípulos, analiza algunas de las palabras pronunciadas por Jesús en la cruz y va dando luces, no sólo para entenderlas sino para descubrir qué significan hoy para nosotros, por ejemplo, que perdonara al Buen Ladrón; que tuviera sed; que llamara “mujer” a María cuando se la encomendó a Juan.
Explica cuál es la puerta que puede llevarnos a la conversión, explica también los signos que sucedieron al morir Jesús, como que se rasgara el velo del templo, que de Su costado brotara agua y sangre, que le dieran sepultura de rey.
Y nos ayuda a descubrir cómo es compatible con la infinita bondad de Dios que enviara a Su Hijo a expiar nuestros pecados; qué relación hay entre la Encarnación y la Muerte de Jesús, y qué sentido tiene que unamos nuestro sufrimiento al de Cristo.
Hasta aquí estos capítulos pueden irse leyendo del lunes al sábado de la Semana Santa, y dejar para el domingo de Pascua el capítulo sobre la Resurrección de Jesús que, Dios mediante, comentaremos la próxima semana...
Una de las razones por las que Jesús fundó la Iglesia fue para que hubiera una autoridad competente que nos diera las pautas para poder interpretar correctamente la Sagrada Escritura, porque un mismo texto bíblico puede ser entendido de muchas maneras, pero cuando se trata de leer acerca de Aquel que dijo de Sí mismo “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6) no puede haber muchas “verdades”, la que a cada uno se le ocurra, sino que tiene que haber una sola, y ésa nos la revela el Magisterio de la Iglesia (el Papa y los obispos), bajo la guía del Espíritu Santo, del que prometió Jesús que la guiaría a la Verdad (ver Jn 16,13).
Así pues, en esta Pascua llega oportuna esta obra del Papa en la que no deja lugar a dudas acerca de cómo debemos entender la Resurrección de Cristo.
El noveno capítulo de su libro “Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección”, está enteramente dedicado a explicar qué sucedió realmente y cómo ello afecta nuestra fe.
Comienza el Papa citando el texto de San Pablo donde dice que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe en Él sería en vano (ver 1Cor 15, 14), y afirma que como la fe cristiana está fundada en la Resurrección de Cristo, si ésta no hubiera ocurrido, Jesús hubiera pasado a la historia simplemente como un gran hombre, pero ello significaría que no contaríamos con Él ahora, que estaríamos solos, abandonados a nosotros mismos.
Dice el Papa que sólo la Resurrección de Jesús puede cambiar el mundo y permitirnos fiarnos de Jesús, porque es muy distinto pensar en Él como alguien que existió” a como Alguien que “existe”, que está Vivo.
Dice el Papa que es, por tanto, necesario poner mucha atención a los testimonios bíblicos sobre la Resurrección, y como el sabio biblista que es, nos da unas pautas valiosísimas para lograrlo.
De entrada deja claro que los discípulos no tenían ni idea de lo que era la Resurrección.
Que así como no esperaban la muerte de Jesús, y una vez que ésta sucedió, tuvieron que enfrentarla y tratar de comprenderla, cuando Jesús les anunció que resucitaría no entendieron a qué se refería (ver Mc 9,9).
Explica el Papa que esto se debió en parte a que lo de Jesús no fue simplemente un volver a esta vida, como cuando revivió al hijo de la viuda de Naím o a Lázaro, quienes al cabo de un tiempo volvieron a morir, sino que lo de Jesús fue una completa novedad, una vida diferente, en otra dimensión.
Afirma el Papa que Jesús: “ha entrado en una vida distinta, nueva; en la inmensidad de Dios y, desde allí, Él se manifiesta a los suyos” (p. 285).
Dice el Papa que ese fenómeno tan inesperado para los discípulos fue algo que los sorprendió, pero como era algo real, tangible, no tuvieron más remedio que rendirse ante la realidad, al ver que Jesús realmente estaba ahí, Vivo, hablándoles, dejándolos que lo tocaran, comiendo con ellos.
Dice que al principio no lo reconocían porque no era un cadáver reanimado, sino alguien que vivía desde Dios de un modo nuevo y para siempre, pero una vez que comprobaron sin lugar a dudas que Jesús había resucitado, el anuncio de este acontecimiento tan impresionante y real se volvió el mensaje que comunicaron al mundo y el fundamento de la fe cristiana.
Aborda el Papa los dos tipos de testimonios que encontramos en el Nuevo Testamento acerca de la Resurrección: la “tradición en forma de confesión”, textos breves que expresan lo esencial de ese acontecimiento y sintetizan la razón de la fe cristiana, y de los cuales considera el más representativo el escrito por San Pablo (ver 1 Cor 11,23-26), y la “tradición en forma de narración”, que habla de los encuentros de diversos miembros de la comunidad con el Resucitado, cuyo cuerpo no está sujeto a las leyes del espacio y del tiempo.
Dice el Papa que ello muestra la novedad de la Resurrección, que Jesús “aparece como auténtico hombre y, sin embargo, aparece desde Dios, y Él mismo es Dios... no viene del mundo de los muertos -ese mundo que Él ha dejado ya definitivamente atrás- sino al revés, viene precisamente del mundo de la pura vida, viene realmente de Dios, Él mismo, como el Viviente que es, fuente de vida.” (pp. 311-312).
Termina su reflexión asentando claramente varios puntos:
Que Jesús no regresó a la vida biológica normal; que no es un fantasma; que los encuentros que tuvo con los discípulos no eran “experiencias místicas”, sino encuentros reales.
Concluye que la Resurrección es un acontecimiento dentro de la historia que, sin embargo va más allá de la historia e inaugura una nueva dimensión que nos afecta a todos, porque todos estamos llamados a participar de ella.
Dedica la última parte a la Ascensión del Señor, que cabe comentar el domingo correspondiente.
Llega demasiado pronto el final de una obra fascinante que vale la pena reflexionar y disfrutar en su totalidad.
Robando tiempo a su descanso, y por amor a nosotros el Papa cumplió su promesa de hacer esta segunda parte, escribiéndola; nos toca ahora corresponderle leyéndola...
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