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Penitencia


Alejandra María Sosa Elízaga*

La palabra “penitencia” evoca, en la mayoría de las personas, algo negativo; la consideran sinónimo de “castigo”, de “mortificación” entendida ésta como algo desagradable porque mortifica, molesta, incomoda.

No es de extrañar entonces que la Cuaresma, como tiempo de penitencia, sea vista por muchos creyentes como algo que querrían ahorrarse para pasar directamente a disfrutar de la alegría de la Pascua.

Pero la Iglesia no cree en los atajos aparentes que en realidad no acortan el trayecto y pueden extraviar a quien los sigue, y por eso año con año nos sigue proponiendo recorrer todo el camino de la Cuaresma con un sentido penitencial, lo cual, lejos de ser una mala noticia, es algo estupendo porque la penitencia, bien entendida, no sólo no es un fastidio al que se antoja sacarle la vuelta sino todo lo contrario, es una ayuda inestimable que hay que procurar aprovechar ¡al máximo!

En su Exhortación Apostólica Post-sinodal "Reconciliatio et Paenitentia" (Reconciliación y Penitencia), el Papa Juan Pablo II definió la penitencia como un cambio profundo de corazón, un cambio de vida, un esfuerzo concreto, cotidiano, continuo, sostenido por la gracia de Dios, para despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo, superar lo carnal para que prevalezca lo espiritual (ver RP #4).

En términos prácticos, puede decirse que la penitencia es una acción concreta que un creyente realiza, sostenido por Dios, con el fin de de superar algo que estorba o peor aun, que obstaculiza su crecimiento como persona de fe y su amistad con Él.

Se puede hablar de tres tipos de penitencia, todos los cuales cumplen cabalmente este objetivo.

  1. La penitencia comunitaria

    Es la que la Iglesia pide durante la Cuaresma y cuya expresión más conocida es el ayuno y la abstinencia.

    Obliga a todos los católicos de 15 a 60 años que no padezcan una enfermedad o condición que se los impida, y consiste en ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo (hacer una sola comida al día, con algo muy ligero o nada por la mañana y noche) y en abstenerse de comer carne durante los viernes de Cuaresma, aunque esto último se puede cambiar por otra abstinencia, por ejemplo: de alcohol, tabaco, dulces, etc. o, mejor aún, de chismes, rencores, violencias, injusticias... (Al respecto conviene leer Is 58, 1-9).

    La penitencia cuaresmal que pide la Iglesia fortalece el dominio propio y nos hace conscientes de pertenecer a una comunidad que pone su acento no en los bienes terrenales sino en los espirituales.

  2. La penitencia voluntaria, individual

    Consiste en ir más allá de lo que pide la Iglesia y preguntarse, a la luz del Señor, bajo Su guía, qué actitud o costumbre haríamos bien en dejar atrás porque es o se está volviendo algo contrario a la voluntad divina, proponerse cambiar y establecer pasos concretos, específicos, para dejar de hacer aquello durante la Cuaresma, pero ojo, no para retomarlo con más brío en Pascua, sino para que se establezca durante los cuarenta cuaresmales, un nuevo modo de vida que sustituya al anterior y lo libere a uno de aquella actitud o costumbre de una vez para siempre. Dice en el famoso (y muy recomendable) libro: “La imitación de Cristo”, que si cada año desarraigáramos un defecto o un vicio, alcanzaríamos pronto la santidad.

    A ello nos ayuda grandemente practicar la penitencia personal.

  3. La penitencia como parte del Sacramento de la Reconciliación

    Es lo que el sacerdote deja como “tarea” a quien acude a confesarse; no a manera de castigo, sino de reparación, para ayudarlo, con la gracia divina, a superar aquello en lo que había caído.

    La Iglesia pide que los católicos acudamos al Sacramento de la Reconciliación (también conocido como Sacramento de la Penitencia o Confesión), cuando menos una vez al año, de preferencia en Cuaresma (y desde luego cada vez que haya conciencia de haber cometido un pecado grave).

Vale pues la pena aprovechar este tiempo para reanudar o fortalecer nuestra amistad con el Señor y experimentar Su abrazo.

Como se ve, es tiempo de dejar de temer o resistir a la penitencia y comenzar a considerarla y disfrutarla como un privilegio, un medio muy eficaz que nos permite, como lo expresó sabiamente nuestro querido Papa Juan Pablo II, en el texto antes mencionado, “caminar hacia lo mejor”.

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