Dimos, damos, daremos
Alejandra María Sosa Elízaga*
Hacía calor, tenía sed y cansancio, así que se sentó un momento sobre el tronco de un árbol caído, sacó una mandarina que traía en su mochila y se dispuso a comérsela.
Lo platicó una religiosa que estaba auxiliando, junto con otras hermanas y un equipo parroquial a damnificados por las lluvias en una zona rural que había quedado aislada por la inundación y a la que todavía no llegaba la ayuda oficial.
Y contó que cuando iba a media mandarina vio que cerca de ella una niña como de diez años, flaquita, despeinada, descalza, con un vestidito desteñido y sucio, la miraba con sus grandes ojos cafés.
La hermana le sonrió y le ofreció un gajo de mandarina que la pequeña aceptó de inmediato y se llevó a la boca con avidez y deleite relamiéndose el juguito que le escurrió al morderlo. Al ver cómo la disfrutó, la hermana le regaló la media mandarina que le quedaba. La niña le dio las gracias con una sonrisa feliz y se alejó.
Entonces la hermana se levantó para marcharse y al voltear para despedirse captó una escena que la dejó sorprendida: la chiquita se había ido corriendo, con la media mandarina en la mano, hacia dos chiquillos que jugaban más adelante, sus hermanitos; partió la fruta en dos y dio a cada niño una parte, sin quedarse nada para sí.
Contaba la hermana que la conmovió la generosidad de esta pequeña y pensó que era la versión infantil de la viuda del Evangelio que Jesús elogió porque a diferencia de los que daban de lo que les sobraba, había dado todo lo que tenía (ver Lc 21, 1-4).
Esa noche fue llegando gente al albergue que la hermana y su equipo habían improvisado para ayudar a habitantes de esa zona, algunos de los cuales le contaron que llevaban dos días sin probar bocado.
No tenían mucho que darles, apenas una sopita aguada de pasta, frijoles, tortillas y algo de leche para los niños, pero al menos todo estaba sabroso y calientito.
La gente se formó para recibir la comida. A ella le tocaba repartir una tortilla por persona, y apenas alcanzó. La última de la fila era una niña.
En la penumbra no distinguió su rostro, pero supo quién era cuando vio que al recibir su tortilla no se la comió sino que la partió en dos y se la dio a dos niños que la esperaban sentados sobre una manta, sus hermanitos.
Y contaba la religiosa que en ese momento para ella cobró nuevo significado esa frase del Evangelio de San Lucas: “lo reconocieron al partir el pan” (Lc 24, 35), y reflexionó que en todo acto de amor verdadero, de entrega desinteresada, de donación total se reconoce a Cristo y a los que son de Cristo, y recordó ese pasaje del libro de los Hechos de los Apóstoles que dice que la primera comunidad cristiana tenía todo en común y compartían no sólo el Pan Eucarístico sino el pan cotidiano, y sucedía lo que Jesús había anunciado: que se reconocía quiénes eran Sus discípulos, por el amor que se tenían (ver Jn 13,35, Hch 2,42-47).
Reflexionaba en que la gente que no tiene nada suele ser muy generosa, capaz de desprenderse de lo poco que tiene, para compartirlo con otros, quizá porque ha sentido en carne propia lo que es carecer de todo, y en cambio quienes tienen más suelen dar poco y a cuenta gotas, y si se les pide que ayuden muy seguido dicen: “yo ya no doy porque ya di”.
Decía la hermana que Cáritas tiene programas no sólo para auxiliar a los damnificados durante la emergencia inicial, sino para seguirlos sosteniendo en lo que se recuperan y luego para ayudarlos a reconstruir sus comunidades, pero con frecuencia sucede que, si por ejemplo, cien personas contribuyen al acopio inicial que se organiza en una parroquia, sólo cincuenta vuelven a contribuir si la emergencia sigue, y si se les pide ayuda nuevamente, todavía menos dan algo para ayudar a la reconstrucción; y no es que ya no tengan nada que dar, pues no se les pide que den mucho, apenas un poquito, que unido con otro poquito va creciendo y alcanzando para todos, pero quién sabe por qué como que se cansan de dar, se les desgasta la caridad, a diferencia de esta niña que fue capaz de privarse de algo en la mañana y también en la noche sin pensar que ya era mucho ni esperar nada a cambio, simplemente porque en su corazón sintió que era lo correcto compartir lo que tenía con sus hermanos cuantas veces fuera necesario.
Ojalá en esta temporada de lluvias en las que ha “llovido sobre mojado” y surge una y otra vez la necesidad de apoyar a comunidades afectadas que necesitan - o vuelven a necesitar - ayuda desesperadamente, aprendamos de esa chamaquita que la respuesta de caridad que se espera de nosotros, discípulos de Cristo, no puede ser “ya dimos”, sino “seguiremos dando”.
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