Cuaresma: Tiempo de Reconciliación
Alejandra María Sosa Elízaga*
Nada nos quebranta tanto como pecar.
¿Por qué?
Porque todo pecado implica ir en contra de la vocación a amar a la que nos llamó Dios cuando nos dio la existencia.
Cuando pecamos vamos en dirección opuesta a la que estamos llamados a seguir, que es la de la santidad, es decir, la perfección en el amor.
Todo pecado es un atentado contra el amor.
Y todo pecado nos quebranta en tres niveles:
- En nuestra relación con Dios
- En nuestra relación con los demás
- En nuestra relación con nosotros mismos.
- En nuestra relación con Dios
Porque nos apartamos de Él.
Recordemos cómo narra la Biblia que luego de que Adán y Eva comieron del fruto prohibido, se escondieron del Señor, que se paseaba por el jardín queriendo encontrarse con ellos (ver Gen 3,8).
Cuando pecamos damos la espalda a Aquel que es la Luz del mundo y elegimos caminar sobre nuestra sombra, en la tiniebla.
Dejamos de tomar la mano que Dios nos tiende y caemos y nos extraviamos por sendas que nos alejan de Él cada vez más y nos sumen en la oscuridad, la soledad y la desesperanza.
- En nuestra relación con los demás
Porque todo pecado es una falta de amor, y cada vez que actuamos con egoísmo, injusticia, mentira, intolerancia, odio, venganza, etc. dañamos a otros.
- En nuestra relación con nosotros mismos
Porque fuimos creados por y para el amor, y si no cumplimos esta vocación no alcanzamos la plenitud; Quien vive sumido en el odio, el rencor, el desprecio hacia otros, etc. no tiene paz ni puede ser feliz.
¿Qué podemos hacer ante nuestro pecado?
Hay dos posibilidades:
La primera, que desgraciadamente es la más común, es negarlo o racionalizarlo y justificarlo; inventarnos razones supuestamente muy válidas para explicar nuestra conducta y montarnos en un trono de soberbia desde el cual fingimos que estamos bien y que Dios y los demás son los equivocados.
La segunda, que es la única que vale la pena, es reconocer sin excusas que hicimos mal, arrepentirnos, pedir perdón y proponernos no volver a caer en aquello.
Conocedor de nuestra naturaleza pecadora, Jesús instituyó el Sacramento de la Reconciliación.
Le dio a Sus discípulos la capacidad de perdonar pecados en Su nombre (ver Jn 20, 22-23; Mt 16, 19; 2Cor 5, 18), hacernos sentir Su abrazo y experimentar Su misericordia. La Cuaresma es un excelente tiempo para reconciliarnos con Él, con los demás y con nosotros mismos.
Nota:
¿Qué es la tentación?
Es una prueba, es una situación que se presenta en la vida que pone frente a ti dos posibilidades: hacer la voluntad de Dios o hacer la tuya.
Toda prueba es positiva porque te ayuda a darte cuenta de la firmeza o debilidad de tu fe; te abre los ojos para descubrir tus debilidades y trabajar, con ayuda de Dios, para superarlas.
Recordemos esos dos hombres que construyen su casa en una playa: el torrente hizo que uno se diera cuenta de que construyó bien sobre roca firme, y que el otro comprendiera que construyó mal, sobre arena y sin cimientos (ver Mt 7, 24-27).
La tentación es un "saco a la medida", lo que hace caer a una persona, no hace caer a otra.
Cabe que aproveches esta Cuaresma para preguntarte: ¿Qué tentación que suele hacerte caer a ti?, ¿el afán de dinero, de prestigio, de poder?, ¿la vanidad?, ¿la ira?, ¿la maledicencia?, ¿el deseo de venganza?, etc.
Detéctala y, con ayuda del Señor, pon los medios para irla superando.
Nota:
¿Cómo te ayuda el Sacramento de la Reconciliación?
- Te da la posibilidad de desahogarte con alguien que no va a contar lo que le digas. Te permite recibir un buen consejo para superar aquello en lo que caíste.
- Te concede el perdón de Dios, te hace sentir Su abrazo amoroso.
- Derrama en ti la gracia que necesitas para fortalecerte y no volver a cometer ese pecado.
- Te reconcilia con la Iglesia, con la comunidad a la que tu pecado lastimó.
- Mediante la penitencia, te da la posibilidad de reconstruir tu interior, quebrantado por el pecado.
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