ADVIENTO, tiempo de paz
Alejandra María Sosa Elízaga*
En estos tiempos difíciles, en un mundo lastimado por la violencia y el resentimiento, llega el Adviento como un tiempo precioso para preparar los corazones a recibir a Aquel a quien el profeta Isaías llama: "Príncipe de la Paz" (iS 9,5).
Para aprovechar realmente este tiempo, te invitamos a que cada semana dediques un tiempo a meditar sabrosamente los hermosos textos de Isaías que se proclaman en Misa, y a poner en práctica acciones concretas que construyan la paz de Dios no sólo en tu corazón sino en el de cuantos te rodean.
En la Primera Semana de Adviento dice el profeta Isaías:
"De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra." (Is 2,4).
Pídele al Señor que te muestre cómo transformar tu espada, tu lanza, es decir, esa característica tuya que puede ser cualidad o defecto, para que no lastime, humille o hiera a otros, sino sea de provecho para el bien común.
En la Segunda Semana de Adviento dice el profeta Isaías:
"Habitará el lobo con el cordero; la pantera se echará con el cabrito; el novillo y el león pacerán juntos y un muchacho los apacentará.
La vaca pastará con la osa y sus crías vivirán juntas.
El león comerá paja con el buey.
El niño jugará sobre el agujero de la víbora; la creatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente.
No harán daño ni estrago por todo mi monte santo, porque así como las aguas colman el mar, así está lleno el país de la ciencia del Señor." (Is 11, 6-9).
Decía el Papa Juan Pablo II que no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón, y por justicia no entiende dar a cada uno su merecido, sino devolver a cada uno su dignidad de hijo de Dios, dejar de verlo como odiado enemigo y contemplarlo bajo la luz del amor de Dios.
Es ésta una buena semana para procurar convivir con otros en armonía; para ser como esas fieras que no dañan a los demás. Hay personas que quizá han hecho algo que nos ha enojado o lastimado.
Aprovechemos esta semana para devolverles bien por mal.
En primer lugar oremos diariamente por ellos.
En segundo lugar, ¿qué tal si les hacemos llegar un regalo? (quizá de forma anónima...); ¿qué tal si los invitamos a alguna reunión a la que no esperan ser tomados en cuenta?
En la Tercera Semana de Adviento dice el profeta Isaías:
"Esto dice el Señor, el que creó los cielos, el mismo Dios que plasmó y consolidó la tierra....”Vuélvanse a Mí y serán salvados, pueblos todos de la tierra, porque Yo soy Dios y no hay otro”..." (Is 45, 18.22).
Y en otro pasaje dice:
"Podrán desaparecer los montes y hundirse las colinas, pero Mi amor por ti no desaparecerá y Mi alianza de paz quedará firme para siempre. Lo dice el Señor, el que se apiada de ti”..." (Is 54, 10).
El Señor tiene para nosotros designios de paz y de perdón. Nos tiende la mano para rescatarnos de nuestras miserias.
No importa cuánto hayamos pecado, cuánto tiempo nos hayamos apartado u olvidado de Él, Él no se aparta ni se olvida de nosotros. En esta tercera semana de Adviento la invitación es a acudir al Sacramento de la Reconciliación.
Ahora que todavía no se vive el máximo ajetreo, es oportuno tomarse un tiempo para reconciliarse con el Señor y permitir que Su paz inunde nuestra alma e irradie hacia otros.
En la Cuarta Semana de Adviento dice el profeta Isaías:
"He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán el nombre de Emmanuel, que quiere decir Dios-con-nosotros" (Is 7, 14).
En los regalos que eliges, en las dedicatorias que escribes, en el gesto de incluir a personas que no esperan recibir regalo de ti, en tu manera de acoger a otros en tus celebraciones, en tu recordar a los más pobres y necesitados, puedes anunciar la Buena Nueva, puedes contribuir de manera personal a la construcción del Reino de la Paz, hacer sentir a otros la presencia amorosa de Dios en sus vidas.
Que al llegar Navidad podamos celebrar el nacimiento del Señorcon la satisfacción de haber contribuido, en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades, a abrir nuestro corazón y el de quienes nos rodean, al don divino de la verdadera paz.
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