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Fe que sobrevive la tragedia


Alejandra María Sosa Elízaga*

Un conocido periodista del Chicago Tribune escribió un libro sobre la fe, para lo cual entrevistó a diversos personajes, creyentes y no creyentes.

El primero de ellos fue un famoso escritor que le contó que perdió la fe al ver en una revista la foto de una mujer africana que abrazaba a su criatura muerta y miraba al cielo, desde una región azotada por la sequía, y él pensó: “No es posible que exista Dios, pues si existiera hubiera enviado lluvia a este lugar y este niño no hubiera muerto”.

Así que dejó de creer, aunque admitió que ello lo sumió en la soledad, la amargura y la desesperanza, y hacia el final de su vida lloraba reconociendo que extrañaba la relación personal que en su juventud había tenido con Jesús, y sentía un terrible vacío en su interior.

Lamentablemente su caso puede ser el de mucha gente que ante una tragedia como la que se ha estado viviendo en Haití se preguntan si Dios la mandó o la permitió y por qué. Esta cuestión no tiene una respuesta fácil, pero al respecto cabe hacer la siguiente reflexión:

No culpemos a Dios

Habitamos desde hace miles de años un mundo en el que suceden lo que nosotros denominamos “desastres naturales” que, desde el punto de vista ecológico, son fenómenos naturales no sólo inevitables en un planeta vivo, sino incluso necesarios para la renovación y sostenimiento de las condiciones que permiten la vida en el mismo.

El otro día veía un documental que mostraba cómo huracanes y erupciones volcánicas, por citar dos ejemplos, son sumamente benéficos para la vida del planeta.

Claro, no lo consideran así quienes padecen sus devastadores efectos, pero lo que se busca establecer aquí es que Dios no “manda” que sucedan con el objeto de castigar o dañar al ser humano; suceden porque se rigen por leyes de la naturaleza que Él creó y dispuso para bien.

Alguien puede preguntar: si las dispuso para bien, ¿cómo es que causan tanto mal?, es innegable que estos fenómenos afectan terriblemente a quienes los padecen.

A ello cabe responder que ese mal no es culpa de Dios.

Consideremos esto: Por irresponsabilidad, por necesidad o porque no le dejaron de otra, hay gente viviendo en donde se sabe que suele haber tornados, inundaciones, incendios forestales, terremotos, exponiéndose así al desastre.

Y podrían sobrevivir los embates de éste si contaran con los medios adecuados.

El problema es que en el mundo se destinan más recursos a destruir que a prevenir o edificar; los gobiernos destinan a la loca carrera armamentista un dinero que bien podría usarse para mejorar las condiciones de vida de los más necesitados.

Así, suele suceder que los fenómenos naturales afectan a los más pobres, pero no por culpa de Dios sino por culpa de los gobiernos corruptos que no se preocuparon a tiempo de que sus gentes tuvieran lo necesario para salir adelante.

En el caso de la mujer africana de aquella fotografía: la sequía no hubiera matado a su niña si su gobierno le hubiera proporcionado a tiempo el agua suficiente.

Es lamentable que quienes pueden hacer algo para ayudar a evitar o aminorar los efectos de un posible desastre, no hagan nada.

Para muestra lo sucedido en Haití. En los últimos días los medios han repetido hasta el cansancio que “es el país más pobre del hemisferio occidental”, como si dijeran que es el país más montañoso, o con más ríos, como si su pobreza fuera inevitable, una de sus características.

Ay, a la miseria ajena nos resignamos con demasiada ligereza.

¿Cómo es que no se organizó a tiempo un esfuerzo internacional para ayudar a los haitianos a mejorar sus condiciones de vida?

De haber sido así quizá este terremoto no hubiera tenido las consecuencias que ha tenido.

Así que la culpa no es de Dios, que a lo largo de la Biblia nos invita una y otra vez a amar, a dar, a tender la mano a quien lo necesita.

La culpa es de quienes han prestado oídos sordos a Su invitación.

Si Dios no la manda, ¿por qué permite la tragedia?

Eso sólo puede responderlo Él, pero nosotros podemos razonar que si Dios sacó el mayor bien de la mayor tragedia, pues la muerte de Su Hijo amado nos obtuvo la redención de nuestros pecados y la salvación eterna, cabe suponer que si Dios permite una tragedia es porque aunque no lo parezca, de ella podemos sacar mucho bien.

Por ejemplo:

La tragedia nos mueve a abandonar el egoísmo y la indiferencia y ayudar.

Decía el Papa Juan Pablo II que paralelo al mundo del sufrimiento surge el mundo de la caridad, de la solidaridad.

Y es cierto. Resulta conmovedor ver cuántas personas en todo el mundo se han volcado a ayudar: unos, desde sus propios países, donando dinero o participando en acopios, y otros como los rescatistas, médicos, bomberos, etc. que arriesgan su vida por ayudar a quienes no conocen, movidos por un amor fraterno que Dios sembró en su corazón.

La tragedia nos obliga a reordenar las propias prioridades, a comprender que lo que verdaderamente vale no es lo material, que puede terminarse en un instante, sino la vida, el amor de los seres queridos, la amistad, la solidaridad, la ayuda desinteresada...

La tragedia nos hace crecer en fortaleza, en comprensión, en paciencia, en capacidad para tolerar, para compartir, para olvidarnos de nosotros mismos y salir hacia los demás.

En este sentido abundan las historias heroicas entre los sobrevivientes que han hecho hasta lo indecible por otros, que han compartido lo poco que tenían, que se han agigantado espiritualmente debido a lo que han vivido en estos días.

La tragedia nos fuerza a reconocer nuestra vulnerabilidad, abandonar la autosuficiencia y comprender que somos frágiles, que dependemos en todo de Dios.

Son incontables los testimonios de sobrevivientes que han declarado que durante los días que pasaron sepultados inmóviles en la oscuridad nunca perdieron la confianza en Dios.

Y muchísima gente se ha reunido a orar ante los restos de su querida Catedral o en pequeñas iglesias improvisadas en donde reciben el consuelo de la Palabra y la Eucaristía. En Haití la fe en Dios no ha quedado sepultada bajo los escombros.

La tragedia nos hace recordar, por una parte, que son ciertas las palabras del Señor: "Estad preparados porque no sabéis ni el día ni la hora" (Mt 25,13).

En cuestión de segundos nos puede llegar el momento de partir de este mundo y encontrarnos cara a cara con el Señor, por lo que vale la pena estar preparados.

La tragedia nos invita a verlo todo no desde la óptica del mundo que pone el énfasis en la muerte por considerarla un final sin remedio, sino desde la óptica de la fe, que pone el énfasis en la vida eterna.

No todo terminó para quienes murieron, simplemente llegaron, antes que los demás, a donde iremos todos, al encuentro con el Señor.

Vienen a la mente las palabras del libro de la Sabiduría: "Las almas de los justos están en las manos de Dios y no los alcanzará ningún tormento. Los insensatos pensaban que los justos habían muerto, que su salida de este mundo era una desgracia y su salida de entre nosotros, una completa destrucción. Pero los justos están en paz. La gente pensaba que sus sufrimientos eran un castigo, pero ellos esperaban confiadamente la inmortalidad. Después de breves sufrimientos recibirán una abundante recompensa" (Sab 3, 1-5)

En conclusión

¿Puede la fe sobrevivir la tragedia?

Sí, pero sólo si no es una fe débil, una fe que se sostiene cuando todo va bien y se derrumba ante la adversidad. Puede sobrevivir si es una fe firme.

Una fe como la de Hoteline Losama, joven mujer que cuando fue sacada de los escombros se puso a entonar un canto de alabanza y gratitud a Dios que conmovió a todos.

Una fe como la del personal de Catholic Relief Services (CRS), organismo de Cáritas en EUA, que ya tenía trescientas personas trabajando hace años en Haití y cuando sucedió el terremoto no sólo no se fueron sino trajeron más personal y han estado organizando campamentos de damnificados, han rehabilitado el hospital San Francisco de Sales, han estado haciendo verdaderos milagros para multiplicar la ayuda a los damnificados.

Una fe como la de Magalí Rigaud, oficial de logística de CRS, que junto con sus hijos quedó atrapada en las ruinas de un supermercado y se mantuvo rezando el Salmo 23 y los ayudó a no perder la paz ni la esperanza, y en cuanto salió dijo: “Dios me salvó por algo” y de inmediato retomó su labor de ayuda a otros damnificados.

Una fe como la de Ena Zizi una mujer de 69 años que a los ocho días del sismo fue rescatada de las ruinas de la catedral de Puerto Príncipe, por topos mexicanos, (mira su conmovedor testimonio en http://www.youtube.com/watch?v=rQnbW6NoJTo) que dijeron que ella rezaba y rezaba y que fue su gran fe la que la salvó, y luego ella misma contó que los primeros días hablaba con el vicario de la catedral, que estaba atrapado también cerca de ella, pero cuando él murió ella siguió conversando con Dios.

Y dijo una frase que ojalá hiciéramos nuestra, porque expresa la clase de fe que puede sobrevivir a toda tragedia.

“Seguí hablando con mi Jefe, con mi Señor, y no me hizo falta nada más”.

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